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        RECUERDOS

Si ahora muriese yo, pobre hijo mío,
que hasta alcanzar un beso,
cual codiciado fruto, por mis piernas
trepas con dulce anhelo,
hablándome del mítico futuro
en que seas tu grande y yo pequeño;
si ahora muriese yo se borraría
de tu mente el recuerdo
de la figura paternal. Mi imagen
hundida de tu espíritu en el lecho,
de impresiones diversas el torrente
anegaría presto.
Niño era como tú cuando mi padre
dio su postrer aliento,
y de su imagen en mi mente queda
sólo débil reflejo,
unido al raro choque que causara
en las entrañas de mi virgen seso
oírle conversar con un extraño
en idioma secreto,
oírle hablar en extranjera lengua...
¡Cuán hondo fue el efecto
para mi alma infantil tierna y sencilla,
vislumbre de misterio,
del milagro incesante del lenguaje
fugitivo destello!
¡Así en las nieblas de mi albor lejano
de mi padre dilúyese el recuerdo
de aquella escena en que me hirió la mente
con el ámbito envuelto!
Mas no importa, hijo mío, hijo del alma;
la fe me da consuelo,
mi fe robusta de que nada muere,
de que todo a posarse va a lo eterno,
de que al morir toda visión desciende
a las entrañas del océano inmenso,
y desde el fondo oscuro,
desde el ignoto seno,
alimenta la vida que se tiende
donde a las olas baña el sol de fuego.
En el oscuro abismo de tu espíritu,
sin tú mismo saberlo,
con su follaje depurando el aire
que hinche de tu alma el pecho,
vivirá vida oscura,
la de olvidado ensueño,
el tronco paternal a que trepabas
con infantil empeño
a recoger el codiciado fruto,
de mi boca a segar amante beso.

autógrafo
Miguel de Unamuno


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