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        LAS ESTRADAS DE ALBIA

Aquí, donde hoy está plazuela, antaño
se alzaba el Árbol Gordo,
y las que hoy son cuajadas calles eran
huerta y verdura.
Mi pueblo me es extraño;
mi Bilbao ya no existe;
por donde un día fueron sus afueras
hoy me paseo triste.

Ya en las dulces mañanas sosegadas
del amarillo octubre,
al que un cielo de plata abriga y cubre,
no brindarán su calma las estradas,
ni sus setos las verdes zarzamoras;
rechinan los tranvías y automóviles,
más henchidas trascurren hoy las horas
pero, ¿dónde te fuiste,
recogimiento?
¿Dónde el fluir aquel de nuestra vida,
tan manso y lento,
con su marcha tan suave y tan seguida
Ya tus raíces, mocedad, no encuentro,
y cuánto más me adentro,
más lejos dejo ésta que fue mi cuna.

Ya he traspuesto la cumbre,
y están rojos de otoño mis recuerdos,
y ya la pesadumbre
siento de un porvenir de cuesta abajo;
¡Dios mío, qué trabajo
el trabajo sin fin de resignarse!
Van cayendo las hojas,
por el otoño rojas,
del árbol, una a una;
bien sé que volverá la primavera
pero no la que fue, no aquella mía
que endosolo mi cuna
con flores de flexible enredadera.

Llegará acaso un día
en que cubran también las zarzamoras
este suelo que hoy son plazas y calles,
pero no aquéllas;
otro todo será sobre mis valles;
sólo serán las mismas las estrellas.
Y un día también tú. Carro del cielo,
enseña secular de peregrinos,
te romperás, y... ¿entonces?
¿Cuando salten los gonces
del rincón que llamamos universo?

Tal vez... —sin el lal vez la vida es sombra
de pesadilla—
tal vez aun más allá del más allá remoto,
en el espacio ignoto
—de tras las más lejanas nebulosas,
un día acaso
la Tierra vuelva a florecer, la misma,
la de espinas y rosas,
la ungida con el crisma
de Isis y Brahnia y Júpiter y Cristo.

Y allí, en aquella tierra,
volverá a ser Vizcaya,
sus aguas el Nervión dará de nuevo,
resurgirá la villa,
y volveré a vivir lo que viviera...
¡Absurda maravilla!
¡Absurda, sí! Sólo tal vez lo absurdo,
y el que estiméis más burdo,
nos libra de la peste de la lógica,
de la rueda del tiempo
con que el Hado inhumano,
poniendo en ella su broncínea mano,
nos trilla el corazón y la cabeza.
¿No he de volver a verte, campa de Albia?
¿No ha de arrollarse, al fin, en rollo espeso
el tapiz del camino de mi vida?
¿Todo ha de ser progreso?
¿No ha de juntarse, al cabo, todo en uno?

              * * *

¡Oh, que dulce el correr días iguales;
repetición, sustancia de la dicha,
lenta fusión de bienes y de males,
santa costumbre,
de eternidad espejo;
ahora, desde la cumbre,
cuando siento, por fin, que voy a viejo
y empieza ya a agostarse mi verdura,
comprendo la locura
de anhelar novedad.es y mañanas,
y cómo fueron vanas
mis juveniles ilusiones muertas!

¡Ay, mis queridas huertas,
abrumadas al peso de estas casas,
en que el afán y la carcoma habitan!

              * * *

Aún queda islote
de la antigua campiña
perdido entre solares,
algún rincón no hollado aún por el trote
del corcel del Progreso,
alguna vieja viña
del agridulce chacolí, que borra
de los cerebros tardos
la terca murria de estos cielos pardos.
Quedan de lo que fue siempre escurrajas,
y estas hurtadas fajas
de un verdor que agoniza,
simiente son de ensueños de esperanza.
Mientras lo nuevo avanza,
busca lo viejo en otro cielo abrigo,
donde se hace otro mundo
para dormir libre del recio hostigo
del granizar del tiempo nauseabundo.
¿Acaso esta mi villa
no ha de ser la semilla
de un mundo eterno de quietud y calma?
¡Ay, pobre de mi alma,
desfondándote así en este trasiego
de apariencias, visiones y escenarios
sin dar ancla en sosiego,
juguete de contrarios
vientos que soplan al azar del sino,
falta de tino,
falta de rumbo,
de tumbo en tumbo,
¿qué ha de ser, infeliz, de lo que fuiste?
Y así caminas triste,
sin poder detenerte en tu carrera,
de invierno a primavera,
de primavera a invierno,
soñando siempre en el descanso eterno.
Cuanto se mueve hacia lo inmoble tiende,
y lo único de inmóvil es la idea,
la que ilusiones sin reposo crea,
y la idea es recuerdo;
imagen es de lo que fue; lo cuerdo
no es sino recordar, y así, mi alma,
recuerda lo que fue. Sea tu gloria,
mientras te quede aliento, la memoria.

[Bilbao, IX-1911]

autógrafo
Miguel de Unamuno


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