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  MADRID, FRENTE DE LUCHA

Tarde negra, lluvia y fango,
tranvías y milicianos.
Por la calzada, un embrollo
de carritos sin caballos,
o jumentos con el mísero
ajuar de los aldeanos.
Caras sin color que emigran
de los campos toledanos;
niños, viejos,
mujeres que fueron algo,
que fueron la flor del pueblo
y hoy son la flor del harapo.
Nadie habla. Todos van,
todos vamos
a la guerra, o por la guerra,
en volandas o rodando
a millares, como hojas
en el otoño dorado.
Pasan camiones de guerra
y filas de milicianos
entre zonas de silencio,
lluvia y fango.
Pasan banderines rojos
delirantes, desflecados,
como nuncios de victoria
en las proas de los autos,
mientras las mujeres hacen
«colas» por leche, garbanzos,
carbón, lentejas y pan.
Los suelos están sembrados
de cristales, y las casas
ya no tienen ojos claros,
sino cavernas heladas,
huecos trágicos.
Hay rieles del tranvía
como cuernos levantados,
hay calles acordonadas
donde el humo hace penachos,
y hay barricadas de piedra
donde antes nos sentábamos
a mirar el cielo terso
de este Madrid confiado,
abierto a todas las brisas
y sentimientos humanos.
Confundido, como pez
en globo de agua, deshago
mis pisadas por las calles.
Subo, bajo,
visito las estaciones
del «Metro». Allí, como sacos,
duermen familias sin casas.
Huele a establo;
se respira malamente.
Subo, salgo.
Vuelvo a la tarde nublada.
Me siento como encerrado
en un Madrid hecho isla,
solo, en un cielo de asfalto,
por donde cruzan los cuervos
que buscan niños y ancianos.
Tarde negra; lluvia, lluvia,
tranvías y milicianos.

autógrafo

José Moreno Villa


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