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  ELEGÍA
A UN AMIGO EN LA MUERTE DE UN HERMANO

Es justo, sí: la humanidad, el deudo,
tus entrañas de amor, todo te ordena
sentir de veras y regar con llanto
ese cadáver, para siempre inmóvil,
que fue tu hermano. La implacable muerte
abrió sin tiempo su sepulcro odioso
y derribole en él. ¡Ay! ¡a su vida
cuántos años robó! ¡cuánta esperanza!

¡cuánto amor fraternal! y ¡cuánto, cuánto
miserable dolor y hondo recuerdo
a su hermano adelanta y sus amigos!
Vive el malvado atormentando, y vive,
y un siglo entero de maldad completa;
y el honrado mortal en cuyo pecho
la bondadosa humanidad se abriga
¿nace, y deja de ser? ¡Ay! llora, llora,
caro Fernández, el fatal destino
de un hermano infeliz; también mis ojos
saben llorar, y en tu aflicción presente
más de una vez a tu amistad pagaron
su tributo de lágrimas. ¡Si el cielo
benigno oyera los sinceros votos
de la ardiente amistad! Al punto, al punto
hacia el cadáver de tu amor volando
segunda vida le inspirara, y ledo
presentándole a ti, «Toma», dijera,
«vuelve a tu hermano y a tu gozo antiguo».
Mas ¡ay! el hombre en su impotencia triste
no puede más que suspirar deseos.
La losa cae sobre el voraz sepulcro
y cae la eternidad; y en vano, en vano
al que en su abismo se perdió le llaman
de acá las voces del mortal doliente.

Ni poder, ni virtud, ni humildes ruegos,
ni el ay de la viudez, ni los suspiros
de inocente orfandad, ni los sollozos
de la amistad, ni el maternal lamento,
ni amor, el tierno amor que el mundo rige,
nada penetra los oídos sordos
de la muerte insensible. Nuestros ayes
a los umbrales de la tumba llegan,
y escuchados no son; que los sentidos
allí cesaron, la razón es muda,
helose el corazón, y las pasiones
y los deseos para siempre yacen.

Yacen, sí, yacen; el dolor empero
también con ellos para siempre yace,

y la vida es dolor. Llama a tus años,
caro Fernández; sin pasión pregunta
qué has sido en ellos? y con tristes voces
dirán: «Si un día te rio sereno,
ciento y ciento tras él, tempestuosos
tronando sobre ti, huellas profundas
de mal y de temor sólo dejaron».

Hórrido yermo de inflamada arena,
do entre aridez universal y muerte
solitario tal vez algún arbusto
se esfuerza a verdear: tal es la imagen
de esta vida cruel que tanto amamos.

Enfermedad, desvalimiento, lloro,
ignorancia, opresión: este cortejo
nos espera al nacer, y apesadumbra
la hermosa candidez de nuestra infancia
que en nada es nuestra. Los demás ordenan
a su placer de nuestro débil cuerpo;
y nuestra mente a sus antojos sirve.
Si nuestro llanto a su indolencia ofende,
manda que pare su feroz dureza,
o su bárbara mano enfurecida
sobre nosotros cae. ¡Niño infelice!
llora ya, llora cuando apenas naces
de la injusticia la opresión sangrienta,
y el desprecio, el baldón, y tantos males,
¡preludios, ay, de los que en pos te aguardan!

Tus años correrán, y por tus años
hombre te oirás decir; mas siempre niño
entre niños serás. Injusto y justo,
opresor y oprimido todo a un tiempo
de tus pasiones en el mar furioso
perdido nadarás. En lucha eterna
de acciones y deseos, mal seguro
no sabrás qué querer; y fastidiado
con lo presente, volarás ansioso
a otro tiempo y lugar buscando siempre
allá tu dicha donde estar no puedas.
¿Y qué valdrá que en tu virtud contento
goces contigo, si mirando en torno
verás la humanidad acongojada
largamente gemir? Despedazado
tu tierno corazón verá los males,
querrá aliviarlos, no podrá, y el lloro,
sólo un estéril lloro es el consuelo
que puede dar su caridad fogosa.

¿Hay pena igual a la de oír al triste
sufrir sin esperanza? ¡Oh muerte, muerte!

¡Oh sepulcro feliz! ¡Afortunados
mil y mil veces los que allí en reposo
terminaron los males! ¡Ay! al menos
sus ojos no verán la escena horrible
de la santa virtud atada en triunfo
de la maldad al victorioso carro.
No escucharán la estrepitosa planta
de la injusticia quebrantando el cuello
de la inocencia desvalida y sola,
ni olerán los sacrílegos inciensos
que del poder en las sangrientas aras
la adulación escandalosa quema.
¡Oh cuánto no verán! ¿Por qué lloramos,
Fernández mío, si la tumba rompe
tanta infelicidad? Enjuga, enjuga
tus dolorosas lágrimas; tu hermano
empezó a ser feliz; sí, cese, cese
tu pesadumbre ya.
Mira que aflige
a tus amigos tu doliente rostro,
y a tu querida esposa y a tus hijos.
El pequeñuelo Hipólito suspenso,
el dedo puesto entre sus frescos labios,
observa tu tristeza, y se entristece;
y marchando hacia atrás, llega a su madre
y la aprieta su mano, y en su pecho
la delicada cabecita posa,
siempre los ojos en su padre fijos.
Lloras, y él llora; y en su amable llanto
¿qué piensas que dirá? «Padre», te dice,
«¿será eterno el dolor? ¿no hay en la tierra
otros cariños que el vacío llenen
que tu hermano dejó? Mi tierna madre
vive, y mi hermana, y para amarte viven,
y yo con ellas te amaré. Algún día
verás mis años juveniles llenos
de ricos frutos, que oficioso ahora
con mil afanes en mi pecho siembras.
Honrado, ingenuo, laborioso, humano,
esclavo del deber, amigo ardiente,
esposo tierno, enamorado padre,
yo seré lo que tú. ¡Cuántas delicias
en mí te esperan! Lo verás: mil veces
llorarás de placer, y yo contigo.
Mas vive, vive, que si tú me faltas,
¡oh pobrecito Hipólito! sin sombra
¡ay! ¿qué será de ti huérfano y solo?
No, mi dulce papá; tu vida es mía,
no me la abrevies traspasando tu alma
con las espinas de la cruel tristeza.
Vive, sí, vive; que si el hado impío
pudo romper tus fraternales lazos,
hermanos mil encontrarás doquiera:
que amor es hermandad, y todos te aman.
De cien amigos que te ríen tiernos
adopta a alguno, y si por mí te guías
Nicasio en el amor será tu hermano».



Nicasio Álvarez de Cienfuegos


El texto en amarillo se omite en el manuscrito, aunque aparece en la edición de Polt. Las palabras en azul son las divergencias entre el manuscrito y la versión de Polt.


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facsímil Poesías de Torres Villarroel... de letra de Leandro Fdez. Moratín. Ms. 6.131. BNE
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