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        ELEGÍA CUBANA

Cuba. Isla de América Central, la mayor de las Antillas, situada a la entrada del golfo de México...

Larousse Ilustrado

Cuba, palmar vendido,
sueño descuartizado,
duro mapa de azúcar y de olvido...

¿Dónde, fino venado,
de bosque en bosque y bosque perseguido,
bosque hallarás en que lamer la sangre
de tu abierto costado?
Al abismo colérico
de tu incansable pecho acantilado,
me asomo y siento el lúgubre
latir del agua insomne;
siento cada latido
como de un mar en diástole,
como de un mar en sístole,
como de un mar concéntrico,
de un mar como en sí mismo derramado.
Lo saben ya, lo han visto
las mulatas con hombros de caoba,
las guitarras con vientres de mulata;
lo repiten, lo han visto
las noches en el puerto,
donde bajo un gran cielo de hojalata
flota un velero muerto.
Lo saben el tambor y el cocodrilo,
los choferes, el Vista
de la Aduana, el turista
de asombro militante;
lo aprendió la botella
en cuyo fondo se ahoga una estrella;
lo aprendieron, lo han visto
la calle con un niño de cien años,
el ron, el bar, la rosa, el marinero
y la mujer que pasa de repente,
en el pecho clavado
un puñal de aguardiente.

Cuba, tu caña miro
gemir, crecer ansiosa,
larga, larga, como un largo suspiro.
Medio a medio del aire
el humo amargo de tu incendio aspiro;
allí su cuerno erigen,
deshaciéndose en mínimos relámpagos,
pequeños diablos que convoca y cita
la Ambición con su trompa innumerable.
Allí su negra pólvora vistiendo
el joven de cobarde dinamita
que asesina sonriendo,
y el cacique tonante, breve Júpiter,
mandarín bien mandado,
que estalla de improviso, sube, sube
y cuando más destella,
maromero en la punta de una nube,
¡ay! también de improviso baja, baja
y en la roca se estrella,
cadáver sin discurso ni mortaja.
Allí el tragón avaro,
uña y pezuña a fondo en la carroña,
y el general de charretera y moña
que el Olimpo trepó sin un disparo,
y el doctor de musgosa calavera,
siempre de espaldas a la primavera...

Afuera está el vecino.
Tiene el teléfono y el submarino.
Tiene una flota bárbara, una flota
bárbara... Tiene una montaña de oro
y un mirador y un coro
de águilas y una nube de soldados
ciegos, sordos, armados
por el miedo y el odio. (Sus banderas
empastadas en sangre, un fisiológico
hedor esparcen que demora el vuelo
de las moscas). Afuera está el vecino,
rodeado de fieras
nocturnas, enviando embajadores,
carne de buey en latas, pugilistas,
convoyes, balas, tuercas, armadores,
efebos onanistas,
ruedas para centrales, chimeneas
con humo ya, zapatos de piel dura,
chicle, tabaco rubio, gasolina,
ciclones, cambios de temperatura,
y también desde luego,
tropas de infantería de marina,
porque es útil (a veces) hacer fuego...
¿Qué más, qué más? El campo roto y ciego
vomitando sus sombras al camino
bajo la fusta de los mayorales,
y la ciudad caída, sin destino,
de smoking en el club, o sumergida,
lenta, viscosa, en fiebres y hospitales,
donde mueren soñando con la vida
gentes ya de proyectos animales...

¡Y nada más? —preguntan
gargantas y gargantas que se juntan.
Ahí está Juan Descalzo. Todavía
su noche espera el día.
Ahí está Juan Montuno,
en la bandurria el vegetal suspiro,
múltiple el canto y uno.
Está Juan Negro, hermano
de Juan Blanco, los dos la misma mano.
Está, quiero decir, Juan Pueblo, sangre
nuestra diseminada y numerosa:
estoy yo con mi canto,
estás tú con tu rosa
y tú con tu sonrisa
y tú con tu mirada
y hasta tú con tu llanto
de punta —cada lágrima una espada—.
Habla Juan Pueblo, dice:
—Alto Martí tu azul estrella enciende.
Tu lengua principal corte la bruma.
El fuego sacro en la montaña prende.
Habla Juan Pueblo, dice:
—Maceo de metal, machete amigo,
rayo, campana, espejo,
herido vas, tu rojo rastro sigo.
Otra vez Peralejo
bien pudiera marcar con dura llama
no la piel del león domado y viejo,
sino el ala del pájaro sangriento
que desde el alto Norte desparrama
muerte, gusano y muerte, cruz y muerte,
lágrima y muerte, muerte y sepultura,
muerte y microbio, muerte y bayoneta,
muerte y estribo, muerte y herradura,
muerte de arma secreta,
muerte del muerto herido solitario,
muerte del joven de verde corona,
muerte del inocente campanario;
muerte prevista, prevista,
ensayada en Las Vegas,
con aviones a chorro y bombas ciegas.
Habla Juan Pueblo, dice:
—A mitad del camino,
¡ay! sólo ayer la marcha se detuvo;
siniestro golpe a derribarnos vino,
golpe siniestro el ímpetu contuvo.
Mas el hijo, que apenas
supo del padre el nombre al mármol hecho—,
si heredó las cadenas,
también del padre el corazón metálico
trajo con él, le brilla
como una flor de bronce sobre el pecho.
Solar y coronado
de vengativas rosas,
de su fulgor armado,
la vieja marcha el viejo niño emprende:
en foso, almena, muro,
el hierro marca, ofende
y en la noche reparte el fuego puro...
Brilla Maceo en su cenit seguro.
Alto Martí su azul estrella enciende.

autógrafo

Nicolás Guillén


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