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                          ELEGÍA A JESÚS MENÉNDEZ

                                                VI

Y alumbrando el camino de la fácil conquista,
la libertad levanta su antorcha en Nueva York


Rubén Darío

Jesús trabaja y sueña. Anda por su isla, pero también se sale de ella, en un gran barco de fuego. Recorre las cañas míseras, se inclina sobre su dulce angustia, habla con el cortador desollado, lo anima y lo sostiene. De pronto, llegan telegramas, noticias, voces, signos sobre el mar de que lo han visto los obreros de Zulia cuajados en gordo aceite, contar las veces que el balancín petrolero, como un ave de amargo hierro, pica la roca hasta llegarle al corazón. De Chile se supo que Jesús visitó las sombrías oficinas del salitre, en Tarapacá y Tocopilla, allá donde el viento está hecho de ardiente cal, de polvo asesino. Dicen los bogas del Magdalena que cuando lo condujeron a lo largo del gran río, bajo el sol de grasa de coco, Jesús les recordó el plátano servil y el café esclavo en el valle del Cauca, y el negro dramático, acorralado al borde del Caribe, mar pirata. Desde el Puente Rojo exclama Dessalines: «¡Traición, traición, todavía!» Y lo presenta a Defilée, loca y trágica, que le veló la muerte haitiana llena de moscas. Hierven los morros y favelas en Río de Janeiro, porque allá anunciaron la llegada de Jesús, con otros trabajadores, en el tren de la Leopoldina. Puerto Rico le enseña sus cadenas, pero levanta el puño ennegrecido por la pólvora. Un indio de México habló sin mentarse. Dijo: «Anoche lo tuve en mi casa». A veces se demora en el Perú de plata fina y sangrienta. O bajando hacia la punta sur de nuestro mapa, júntase a los peones en los pagos enérgicos y les acompaña la queja viril en la guitarra decorosa. ¿A dónde vuela ahora, a dónde va volando, más allá del cinturón de volcanes con que América defiende su ombligo torturado por la United Fruit desde el Istmo roto hasta la linde azteca? Vuela ahora, sube por el aire oleaginoso y correoso, por el aire grasiento, por el aire espeso de los Estados Unidos, por ese negro humo. Un vasto estrépito le hace volver los ojos hacia las luces de Washington y Nueva York, donde bulle el festín de Baltasar.

                                  Ahí ve que de un zarpazo Norteamérica
                                  alza una copa de ardiente metal;
                                  la negra copa del violento hidrógeno
                                  con que brinda el Tío Sam.
                                  Lúbrico mono de pequeño cráneo
                                  chilla en su mesa: ¡Por la muerte va!
                                  Crepuscular responde un coro múltiple:
                                  ¡Va por la muerte, por la muerte va!

                                  Aire de buitre removiendo el águila
                                  mira de un mar al otro mar;
                                  encapuchados danzan hombres fúnebres,
                                  baten un fúnebre timbal
                                  y encendiendo las tres letras fatídicas
                                  con que se anuncia el Ku Klux Klan,
                                  lanzan del Sur un alarido unánime:
                                  ¡Va por la muerte, por la muerte va!

                                  Arde la calle donde nace el dólar
                                  bajo un incendio colosal.
                                  En la retorta hierve el agua química.
                                  Establece la asfixia el gas.
                                  Alegre está Jim Crow junto a un sarcófago.
                                  Lo viene Lynch a saludar.
                                  Entre los dos se desenreda un látigo:
                                  ¡Va por la muerte, por la muerte va!

                                  Fijo en la cruz de su caballo, Walker
                                  abrió una risa mineral.
                                  Cultiva en su jardín rosas de pólvora
                                  y las riega con alquitrán;
                                  sueña con huesos ya sin epidermis,
                                  sangre en un chorro torrencial;
                                  bajo la gorra, un pensamiento bárbaro:
                                  ¡Va por la muerte, por la muerte va!


Jesús oye el brindis, las temibles palabras, el largo trueno, pero no desanda sus pasos. Avanza seguido de una canción ancha y alta como un pedazo de océano. ¡Ay, pero a veces la canción se quiebra en un alarido, y sube de Martinsville un seco humo de piel cocida a fuego lento en los fogones del diablo! Allá abajo están las amargas tierras del Sur yanqui, donde los negros mueren quemados, emplumados, violados, arrastrados, desangrados, ahorcados, el cuerpo campaneando trágicamente en una torre de espanto. El jazz estalla en lágrimas, se muerde los gordos labios de música y espera el día del Juicio Inicial, cuando su ritmo en síncopa ciña y apriete como una cobra metálica el cuello opresor. ¡Danzad despreocupados, verdugos crueles, fríos asesinos! ¡Danzad bajo la luz amarilla de vuestros látigos, bajo la luz verde de vuestra hiel, bajo la luz roja de vuestras hogueras, bajo la luz azul del gas de la muerte, bajo la luz violácea de vuestra putrefacción! ¡Danzad sobre los cadáveres de vuestras víctimas, que no escaparéis a su regreso irascible! Todavía se oye, oímos todavía; suena, se levanta, arde todavía el largo rugido de Martinsville. Siete voces negras en Martinsville llaman siete veces a Jesús por su nombre y le piden en Martinsville, le piden en siete gritos de rabia, como siete lanzas, le piden en Martinsville, en siete golpes de azufre, como siete piedras volcánicas, le piden siete veces venganza. Jesús nada dice, pero hay en sus ojos un resplandor de grávida promesa, como el de las hoces en la siega, cuando son heridas por el sol. Levanta su puño poderoso como un seguro martillo y avanza seguido de duras gargantas, que entonan en un idioma nuevo una canción ancha y alta, como un pedazo de océano. Jesús no está en el cielo, sino en la tierra; no demanda oraciones, sino lucha; no quiere sacerdotes, sino compañeros; no erige iglesias, sino sindicatos: Nadie lo podrá matar.

autógrafo

Nicolás Guillén


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