Las rosas del Irak virgen

      I

Las calles han caído tras los perros
óyelos ladrar entusiasmados,
al fondo del entusiasmo, al final de la derrota.
El trapo abanderado en las estrellas
flamea su color de sangre y mar
—ola aconsejada por la audacia de los peces—
como un sueño de tanques y claveles
que anuncian sus jardines amarillos.
Un niño muere tras las piedras,
un hombre se enternece tras los muros
y caen las mujeres como lana enceguecida,
como madres de vientres vagos
en busca de sus hijos moribundos
al final del arco iris
donde Marilyn y Elvis se hacen el amor.
Después de la colina salen brotes
con las últimas fronteras ajustadas,
y Dios se limpia las legañas
al tiempo que las rosas cantan por Irak.

      II

Estos tambores muertos resucitan
y dejan los balcones encendidos y finales,
cansados de lamentos,
tendidos en el parque de la noche
donde la oscuridad abre sus rosas dispuestas por espinas.
La ráfaga del innombrable viento
aturde la canción en el desliz de la derrota
y corren lagartijas y pañuelos
como un escudo ante la muerte o la sílaba inconclusa
de la palabra amor que un hombre pronunciaba.
El polvo se ventila, la risa del cañon se eleva
y las mariposas se estremecen en el parque
con las últimas pulsaciones de un corazón tendido
que busca entre los niños al dueño de su sangre.

      III

Esta ramera triste que no llora,
este desierto de lagos amarillos e infernales,
esta salvación de estrellas secuestradas
son un jardín de intensas bocas
que gritan los contrastes de la noche
así como gritaría Dios si le doliera.
Se ahorcan las manzanas en cajones
donde toda podredumbre se parece a la palabra justo
y más abajo, en medio de una escalera
las piernas temblorosas de una niña
recuerdan que fue anoche el beso de su madre.

      IV

Déjeme este niño salpicar la guerra,
déjeme su voz de ausentes madres,
de lejanos pechos donde canta el polvo
y quede su dolor dormido en las metrallas
donde el hombre enciende un tiempo
contando incontinencias de bondad.
Cállese este niño tras la noche,
duerma el sol su llanto en las arenas
y dejen las luciérnagas su brillo tenebroso.

Benjamín León



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