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  EL MALDICIONERO. POESÍA EN PROSA

VIII

A los poetas que murieron cuando éramos niños, mutilados de lengua, del sonido y del aire. A los poetas revolucionarios, prisioneros, maestros de la voz y de la lluvia, antipájaros que un día se estrellaron en el vómito del agua.

IX

La lucha es el único camino de nuestro tiempo, bajo mis pies hay una ciudad de pájaros subterráneos, la noche los ahoga en par, ¿cuánto cuesta jugar al sepulturero?

Aceptar de golpe sin medir la susceptibilidad del insecto, el tiempo cambió veinticuatro horas desde la última vez.

El cuervo endurece el espinazo en el asoleo, lo hace indiferente a la humillación, tantas veces repetida la circunferencia en el aire, ¿qué importa que el aire sea distinto?, buscador incansable de una línea.

El hipócrita oído se hace inofensivo, la tierra cae y se filtra con la delicadeza de su peso, la humedad de la hoja desprendida renace en el ojo, tierra y sal se identifican en un nuevo estilo de soledad.

El agua deja su sabor y el ciervo como un tren de papel se detiene en la sombra, nadie sabe que estuvo de visita, habló del contenido de una nueva sustancia que denunciará la debilidad de los sentidos, ha dicho que las cosas van a cambiar en el camino a Tlapalán, país grande y azul donde los hombres aprenderán el idioma del agua.

Dice que la cruel sustancia cambiará la electricidad con la deslucidez de su aspecto y otra órbita en segundo grado de desintegración perecerá en el diagrama de una superioridad descendente.

X

Alguien viene con su casa llena de canarios adiestrados por el indio, silueta silvestre empacada en una vieja construcción en la espalda; la lengua se neutraliza y a la arena le crece una uña de pasto.

Quetzalcóatl como un ser solitario riega las flores de su casa, así aumenta su prisión de edades a donde viene todos los días una ciudad distinta de alcaldes.

Los niños aprendieron la historia de Texcoco, Netzahualcóyotl ya no está solo, despacio conquistador del tiempo; el dolor se va con dignidad.

Cuando apenas era un niño de meses su espíritu se pegó a su piel, poeta de una sola vez que aún no termina.

Con los dedos guardados en la cintura de algún sin lugar siquiera, mundo de eternidades, piedra vieja, tallada con el color de un hasta-ahora imposible.

Qué fácil suceden estas cosas, perderse de vista con la sospecha de lo mismo de siempre, soledad inmensa que nos vive de sobra, ¿qué hacer, callarse el corazón como los pájaros enfermos cuando cambia el tiempo?

¿Para qué seguir masticando edades si el hombre de este siglo no tolera himnos?

Francisco Azuela Espinoza


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