Acostada. Duerme.
¿Sueña? No lo sé.

En algún momento desconocido
—cuando una manecilla hiere
una hoja lunada y santada—
el acné salta a la cara,
se deja un muñeco de plástico,
se manipula —distintamente—
el peine,
y el escoger un atuendo
toma el significado
más del vergonzoso.

La barbie, también, cae detrás de la cama
y el espejo comienza a opinar.

No sólo arrugas nos regala el tiempo.

La mecánica de las manecillas
abandona su proceso de engranaje
para procesar hormonas,
y sin darnos cuenta
las líneas rectas se vuelven curvas,
y esa piel ya no se colora
por el trote juguetón
sino permanece perfumada.

Y cambios físicos que no veíamos, se ven,
en una noche de contemplación de un sueño.

Acostada. Duerme.
¿Sueña? No lo sé.

Quizá el objeto de ese sueño
—¿Sueña?—
no es otra cosa
que el podernos decir adiós a todos,
porque no notamos esa metamorfosis
que se sufre,
cuando se fue niña, y se es, ahora, mujer.

Silencio, pienso, mi hermana se puede despertar.

Freddy López



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