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  ROMANCE A MIGUEL HERNÁNDEZ

Tu voz terminó rodando
en cárceles olvidadas
ahogándose en estertores
asesinos de palabras.
Reciclaje de la tierra,
trasmigración de las almas,
canción de sentimentales
en suspiros que se apagan.
¡Se nos escapó Miguel
con sus desiertas abarcas!

Para entusiasmar un lirio
llegaron corrientes de aguas
tapizadas con el musgo
de sombras y de nostalgias.
Bajo ellas cantó Miguel
mientras sangre le brotaba:
«Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.»

Como altivo alminarete
con luz que no se apagaba
le dabas fosforescencia
a los problemas de España.
Eras la ingente estatura
de un pastorcillo de cabras
achicado por arados
cumpliendo tareas amargas.
Eras, valor Español,
arremetiendo a lanzadas
un océano de fusiles
con bayonetas caladas.

De mazmorras infinitas
tus palabras como dagas
a soberbias catedrales
sin ningún temor lanzabas.
El milagro levantisco
de una Orihuela extasiada
sobre altitudes de vino
con manos de alhajas claras
bajo un sol bruñido en sangre
tu mortaja preparaba.

Metafísica tristeza,
recurso de melodramas,
sainete de actrices pobres
entre balidos de cabras.
A la orilla de una sombra
Miguel, soñaste con hadas,
y éstas, en vésperos grises
convirtieron tus mañanas.

Hoy, semejas en la tumba
escrúpulo sin fachadas,
tu rima es la paradoja
de un pantano envuelto en llamas.
La carcajada del verso
y la frase asesinada
van por el mundo luciendo
la eternidad de sus galas.
Tú, en silencio las contemplas
con pupilas ahuecadas,
desde tu última noche
en la cual... Por fin descansas.

Humberto C. Garza


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