EL CIUDADANO

Vaguedad de consonancias
se entremezclan en los sonidos cotidianos.
incertidumbre urbana acecha en los rincones.
En algún zaguán la miseria es una mujer gorda,
cubierta de harapos que mecaniza mano extendida
y boca exhibidora de un solo diente .
Paradoja posmoderna, veredas con smog
y un cartel recomendando volver a lo natural
comiendo tal yogur de moda.
Duelen las plantas de los pies
y las veredas no se acaban nunca
ya no me acuerdo desde hace cuanto las piso.
Es menester que mire allá  arriba, entre los edificios,
ese pedazo de cielo que se antoja inalcanzable
para ilusionarme con ganar la paz que no tengo
ni conozco. Pero dicen las revistas que uno puede
relajarse y encontrar esa paz.
Me gusta esta ciudad, aquí soy y estoy. Existo.
Sirenas, escapes, Heavy Metal vomitado por la megadisco,
Naturismo, New Age, lustrines haciendo bromas
con abridores de puertas, canillitas y cuida autos
una casta más abajo, vendedores de estampitas y curitas
se pelean por la última gota de poxiran.
Más arriba, aprisionados por sobrios trajes y sobretodos
en autos último modelo, sus dueños en demencial carrera,
se esfuerzan por llegar primero a cualquier destino conocido.
Olores y sabores cosquillean pituitaria y perfuman la ropa.
Pizza, praliné, panchos, cubanitos y empanadas
se ofrecen frente a las vidrieras donde cien televisores mudos
te muestran la vida vía satélite canal de cable mediante.
Prendo el último cigarro que me queda en el bolsillo
y me fumo una bocanada de todos los humos y olores
ya va siendo hora de volver a casa,
mañana será  otro día.—

Jorge Medina



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