EL ESPEJO

Era tiempo de silencio. Apenas si dolía el recuerdo de aquel rostro y la tarde se quemaba en las esquinas, que se veían luminosamente enrojecidas.

Fue un destello; un brevísimo instante en que la lucidez explotó en un pequeño rincón de su cerebro, pero suficiente para dibujar un imperceptible mohín sobre su cara. El pulso se aceleró, los pasos se hicieron mas largos y los nudillos empalidecieron al apretar el arma que pesaba en un bolsillo.

Bastó un golpe de vista para saber donde dirigirse: entró al atestado bar y buscó una puerta. El baño exhalaba un ácido olor y casi lo asustó su propia imagen en el espejo manchado. Evitó el observarse directamente, pero se espió de reojo mientras dejaba correr el agua fría entre sus dedos. Fueron las puntas de estos los que tomaron el 38 y lo depositaron en la palma de su diestra.—

Como en una ceremonia, lo dirigió con lentitud exasperante primero a la sien, luego a la boca. Las pupilas se dilataron y una sola gota de sudor descendió, atrevida, desde el inicio del cuero cabelludo y fue a detenerse en el extremo de su naríz. Aspiró profundo apretando los dientes al tiempo que el índice presionaba haciendo que el gatillo iniciara su desplazamiento final. Afuera, las voces se confundían con el chocar de los pocillos de café y los bocinazos del tránsito.

Otro instante, otro destello y un aullido profundo que rebotó contra las paredes uniéndose al metálico eco del revólver que caía al piso. Aferrado al lavabo volvió a contemplarse, ahora mas en detalle, al tiempo que un «no puedo» se movía dando vueltas dentro de su cráneo. Bebió agua, se mojó el rostro y acomodó su corbata. Fue cuando mentalmente se prometió salir. A pesar de todo resultaba agradable estar vivo. Se sintió fuerte, exultante y nuevo. Volvió a mirarse en el espejo para acomodarse el pelo que húmedo caía sobre la frente, cuando horrorizado advirtió que el hombre de la imagen no hacía el mismo movimiento.

Muy por el contrario, con el arma en la mano la dirigía exactamente a su rostro. En vano quiso explicarle que ya no quería morir, el otro con displicente sonrisa disparó el revólver.

Jorge Medina



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