AMAR A AMANDA

Acabado el sentido de mi vida
mis vértebras lumbares protestaban
ante cualquier autónomo movimiento impulsivo.

Se abrió la puerta.
Las horizontales tiras
del policromado y jubilado sofá
respondieron al unísono
sacándome de su amancebamiento.

Entró ella, creyendo que colocaba
la cesta fuera de mi vista.

Hermosa, cautivadora,
avanzó hacia mí.

Mis ojos cerrados la engañaron,
y sus juveniles dedos acariciaron
con amor mis sienes
despejadas de negro y sueños.

Sus labios me  besaron peligrosamente
la frente, las mejillas y los labios
haciéndome olvidar esos años
de inexistente desamor
abonado por el silencio.

Siempre la amé.
Ella también me amaba.

A su ida, abrí los ojos
y la cesta seguía allí
con un papel que decía:

«Papá, es mi hijo. Cuídalo. Volveré en una hora.
¡Estás muy bien!.. Amanda».

autógrafo
Jorge del Rosario



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