Ahora comprendo al hombre de negocios.
El rito de la soledad.
Asomarse a la venta de su habitación.
Sofocarse.
Llamar a una mujer.
Ese deseo paradójico
de olvidarse de sí mismo
y de que le recuerden
haciendo lo que hizo,
no lo que hace ahora.
Un sustituto tras otro,
nunca el original.
Así un año tras otro,
hasta que las primitivas imágenes quedan borradas.
Y queda una fortuna consolidada
en el vacío, en la nada,
de forma que los herederos no notan la ausencia.

José Elgarresta



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