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Y sin decir adiós. Sin que las hojas
que a tus sólidos vidrios se ofrecían
lograran distraerte en el empeño
de remover distancias.
Indiferente a todo, proseguías,
calzado con tus botas de cien leguas,
repasando tus grutas, tus vilanos,
tus libres soledades verticales,
sordo a tus pasos, ciego a tu deseo,
como si recordaras de una cita
y hubieses olvidado sitio y hora.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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