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        HABLA LA ARAUCARIA DEL AMOR

Casi nada ignoro
del lenguaje que enciende mis raíces.
Lo más importante es que un erizo
subirá por mis ramas cuando
un caracol le preste su escalera.
O que alimentaré un perro de cristal
con las cenizas del agua del olvido.
O que el tamaño de los verbos fatigados
se mide con la distancia entre dos senos de mujer.
O que mi cabellera tuvo un frío de soles
hasta que el amor posó su hora
sobre mi mano convertida en isla.
O que el viento que recogió los manteles
de los comedores infantiles
hace cuatro tinieblas y veinticinco segundos
fue el que reconociendo mi sangre verde
se puso una bata de cirujano.
O que el objeto amado
por quien levanto el brindis de mis candelabros
es la Gran Muralla de la China.
Yo vi cómo los ladrones repartían sus piedras y torreones
mientras mis hombros se encogían
al estilo del año 2000 antes de los crepúsculos.
Pero quién sabe si lo más lujurioso
es el que nadie diga que mi sordera no tiene remedio
porque está a la vista de quien tenga
un despertador en la mirada.
O de que di los buenos días a las cigüeñas
porque las vi reflejadas en mi esqueleto de pez.
O que al descender por los barrancos
pensaba que por los arcoíris
escapan los insomnios de las alcantarillas.
Sólo quisiera evadirme de mis brazos
para que no señalasen hogar a los aviones
y ahora mismo los sustituiría
por una sopa de ametralladoras hirvientes.
Estos brazos son culpables
de que me despierte en la noche
tantas veces como un fósil terciario aún no descubierto.
Ellos también me dictan que
la flor que prefiere el terciopelo negro
es aquella que mantiene un matiz
entre nidos de esquinas y las esquinas del fuego.
Creo que no sea preciso volver a recordaros
que todo lo que soy
—pluma, punta, jilguero encadenado—
es función de mi altura sobre el nivel del mar.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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