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    HABLA NUEVA EDICIÓN DE CORALES LENTOS

Bien sé que muy pronto
iré a recorrer la montaña de los sepulcros.
Si se encuentra en la isla del tesoro
llevaré el guía de un topacio.
Si en el valle de los lirios de bronce,
la agonía de una danza desnuda.
Si en el pais de las huellas perdidas,
un colmillo de elefante profeta.
Pero si estuviese bajo un océano,
donde no aullasen los caleidoscopios,.
llevaría a las torres de la mano en el pecho
siempre que un gallo próximo me cediese
su garganta, en donde descansar
mis rojos pies enredados en bastos.
Mi anhelo sería dormirme allí
acariciando la frente pensativa de una concha.
Y si al lograrlo me convirtiese
en humo de espumas
sería porque unos labios secos,
de arriba, de la tierra, pidiesen con urgencia
un riego de asfaltos incendiados.
Vería entonces cómo los mendigos
tienen riachuelos azules en la mano derecha
y cómo en ella discuten las espinas
la longitud de las uñas del hambre.
Vería también, y también los sordomudos,
que el mundo en el que vive el color azul
excluye a los dragones con muletas de odio.
Y que la canción de Alí Babá y los cuarenta bandoleros
sólo puede cantarse bajo una prensa hidráulica.
Y que el ansia por la que se desvive una campana
es ahogar en sus brazos
el invisible soplo de un sabueso.
Vería igualmente
que encima de mis huesos escarlata,
a muchas millas sobre mis rosales,
donde madura el viento,
los cisnes sienten frenos en las plumas
cuando les alcanza el alarido
de mis ramas de fondo.
Nunca oye la mar esa cara de «déjame entrar»
de los pescadores que se acercan a mí.
Nunca tampoco mi grito
de «déjame salir» a la aventura de las playas.
Es entonces
cuando una, boca sangra por mis raíces
y, a su conjuro,
un arcoíris se transforma en arpa
y la tristeza más amarga de las tristezas
se retrasa en las manecillas
de una medusa virgen que me llama.
Nada de esto impide, sin embargo, que ostente
el campeonato de natación
en los mares del beso calcinado.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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