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        CUARTO CRECIENTE

                  I

De las prisiones flotantes
—mar dormida, cielo claro—
de Tenerife salieron
treinta y siete deportados.
Fue un diecinueve de agosto,
día de mi cumpleaños.
Luces de duelo y de tierra,
de la ciudad, de los barcos,
por el aire, sobre el agua,
tendían sus largos brazos.
En medio de la bahía
el trasbordo presenciaron
la luna del desconsuelo
y un pelotón de soldados.
En la tercera del «Viera»
uno tras otro, encerrados,
entre un río de fusiles,
y un bosque de sobresaltos,
camino de Río de Oro
hacia Las Palmas zarparon.
Atrás quedó la familia,
quedó el amor desvelado.
Y todo el mundo fue llave
sobre los hombros amargos.
Azotea de mi casa,
calle alegre de mi barrio,
si el viento por mí pregunta
decid que voy desterrado.

                  II

Si brazos nos despidieron
también nos reciben brazos.
Anoche fueron las luces,
hoy los muelles despoblados.
Ni un pañuelo se estremece
sonriendo a nuestro paso.
Todo tiene la desnuda
dureza de los basaltos.
Entre uniformes sin alma
y un cielo redondo y bajo
va amaneciendo la angustia
de La Isleta en los picachos.
Alambradas, bayonetas
y oscuras voces de mando
tejen la tela de araña
donde sufren los forzados.
Hasta en la arena se enciende
el contraluz del espanto.
Una soledad sin fondo
nos va pasando la mano
por la frente, por las venas,
endureciendo los labios.
¡Campo de concentración
donde el tiempo se ha parado!
En un reloj de chabolas
seiscientos hombres sangrando.
Le dan cuerda dos sargentos
con cornetas y vergajos.
La flor de la chulería
abre el día a latigazos.
Los reptiles del insulto
silban aquí su fracaso
y el sordo pulmón del odio
respira por todo el campo.
Quema el aire, duele el sol
y las horas, chirriando,
van dejando en las espaldas
lenguajes amoratados.
Saludos de los amigos
con silencios apagados.
Aquí la voz se desliza
más baja que los vocablos.
Las cuatro son de la tarde
y regresamos al barco.
Nuestra escafandra de plomo
se rompió al salir del campo.
¡Hijos del alma!—nos grita,
en las esqúinas del llanto,
una madre que nos siente
raíces de sus costados—.
La noche va ya cayendo
y a Fuerteventura vamos.
Un horizonte de sombra
se levanta a nuestro paso.

                  III

Quien te puso Puerto Cabras
no supo dar en el blanco.
Banderas, once banderas
fatigan el aire claro
y sus colas de azafrán,
insomnes en el espacio,
buscan la amputada aleta
cuadrangular del morado.
Por la tostada llanura
pasean con lomo tardo
movibles gibas de arena
y dunas de dromedarios.
Su sed la isla arrodilla
en la palma de la mano
y el agua la sed devuelve
hecha sal en nuestros labios.
Allá, en el muñón del muelle,
desembarcan los forzados.
El mar y los centinelas
—fiel la cuerda, duro el arco—.
Y la tierra es a los pies
lo que a unos ojos vendados.
Punta extrema de Canarias
que pisan los deportados.
Sobre su espaldar de piedra,
a pleno sol, almorzamos.
Y otra vez a la bodega
treinta y siete deportados.
Tiende sus alas de sombra
el pájaro del cansancio
y el sueño busca su nido
a la sombra de los párpados.
Afuera, todo está abierto.
Adentro, todo cerrado.
Y dentro y fuera, una aurora
nos espera rojeando.

                  IV

Chata amanece la costa
del continente africano
y a fuego lento la arena
se dora como un lagarto.
Bajo la jaima del día
Cabo Juby, recostado,
baraja las amarillas
letras de su abecedario,
a las puertas del desierto
y a orillas del mar salado,
mientras le cierne la luz
fina llovizna de mármol.
Con el fortín y las casas
están jugando a los dados
el agua con jaique azul
y el arenal calcinado.
Camellos juega la arena
y el agua juega balandros.
Para treinta y siete presos
—tanto monta, monta tanto—,
si todo el mar es desierto
o es desierto el mar rizado.
El mediodía florece
como un molusco bivalvo.
Y en sus espejos de nácar
mueve el recuerdo sus ramos
entre u norte de nostalgias
y un sur de vidrios descalzos.
Las islas tendrán ahora
gruesas arterias de llanto,
volcanes de ojos rebeldes
y valles de senos agrios.
La ausencia posa en los rostros
sus mariposas de raso
y a sus colores se asoman,
como a lúcidos ventanos,
paisajes que se suicidan
abriéndose los barrancos
ante una ola de flechas,
de espadas y de incensarios.
El imán de los recuerdos
orienta con su reclamo
pájaros con alas rotas
y con los ojos saltados.
Laberintos, galerías,
manantiales solitarios,
fluyen por el cauce roto
de cada prisma truncado.
Y está la espuma en el mar
florida como un naranjo.
Y fuga el aire sus velas
en sus transparentes saltos.
Y hay un telar de crespones
dentro del pecho girando.
Allá, a lo lejos, el sol
apaga su gran topacio
y la noche habla al oído
con la voz de los remansos.
—Dame tu palabra, noche,
para tenerla en la mano
y que el vacío me palpe
lleno de un hueco de algo.

                  V

El mar de las agonías
bate en los acantilados
que la isla de la espina
levanta en cada forzado.
¿Cuántas miradas su lomo,
y cuántos adioses blancos,
y cuántas lágrimas vivas
traerá a los deportados?
Azul ayer, azul hoy,
azules la sal y el llanto.
La piedra del optimismo,
azul, redondea el faro.
Azul al pie del romero
con el grillete azulado
de aguas que corren aprisa
sus destinos de cobalto.
Pasan las nubes, las horas,
colinas de hombres armados.
Pasa la melancolía
lloviendo rosas y astros.
Y va reflejando el mar
los pechos deshabitados
de todo azul. Las sirenas
entre hielos naufragaron
una mañana de julio
con dientes de leopardo.
Y hay un mar de olas adentro,
sin puertos ni meridianos,
donde un filo de cuchillos
graba tatuajes de agravios.
Río de Oro está a la vista
de rodillas sobre el llano.
Prende el mar su alfil de agua
del arenal en el flanco
y el desierto clava al mar
su alfil de arena al costado.
Y está en el medio la ría
y en medio de ella el poblado
con turbante de cal viva
y pies de azúcar quemado.
Otro puerto. La inquietud
despierta oscuros caballos
con orejas de mercurio
tensas a lo inesperado.
En la cubierta, uno a uno,
se despiden los forzados.
Unos siguen a La Agüera,
los otros aquí quedamos.
Duras, las bocas se aprietan
en la fusión de un abrazo
que a la mañana le rompe
el corazón en pedazos.
Nunca la pena calzó
tan charolados zapatos
ni silbó el viento en la duna
un tan desolado canto.
Adiós. Adiós. A pañuelos
juega el aire con los brazos.
Y un mar de arenas engulle
veintinueve deportados.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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