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        LA MISIVA DE LA MUERTE

Con pausa de mes y medio
al pantano de la espera
se asoma el primer correo.
Y era el pantano una frente
que pensaba retrocesos
de ideas de miel marchitas
en la culata del tiempo.
La emoción tensaba el aire
con mejilla de pandero
y un sostenido redoble
nos levantaba del suelo.
Lluvia de cejas fugaces,
islotes de ojos despiertos,
retazos de callejuelas
que adiós un día plañeron,
voces que claman en pie
mesándose los cabellos,
brazos, labios y amapolas
en la distancia entreabiertos,
toda una esfera armilar
de zodiacales recuerdos,
meridianos de ternura
y expectantes paralelos,
se dieron cita de abejas
en el desván de los ecos.
Con su mensaje afectivo
aleteando en los dedos
cada uno se refugia
en un mutismo estratégico.
Y sobre su ola redonda
estamos todos latiendo
de la alegría en el atrio
y del temor en los médanos.
Somos flechas disparadas
del arco del pensamiento
que salvamos en un brinco
tres años de sangre y fuego.
Y esta frágil catacumba
donde las horas contengo
de súbito se oscurece
de aullidos lastimeros.
¡Cuántas agudas piteras
alanceando a lo lejos!
¡Y cuánto, Dios, has nevado
por los ausentes senderos!
La gran mejilla del aire
se ha desgarrado en un trueno
y los tambores barrenan
un alboroto de anzuelos.
Con sus filos de puñales
y letras de sauces muertos,
a nuestros días cerrados
se acercó el primer correo.
Y aún su espiral de angustia
no me levanta el asedio.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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