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    EXPONSALES SIN NUPCIAS

Esta mañana la cárcel
ha gustado un caramelo.
Fue una gotita de miel
sobre panales acerbos.
Azorada como azogue
en un estuario de ébano,
llegó con el paso alado
de golondrina en alero.
El velo que la esfumaba
tenía un temblor de sexo
arrullándose en la viva
rosa trémula de un trémolo.
Allí, a la sombra de mármol
que aplastaba con su peso,
en la celda sorprendida,
se salmodió al casamiento.
Todo insinuaba la espesa
amargura del ajenjo:
el capellán y las luces,
los padrinos y el tintero.
Los cirios se condolían
en luminosos siseos
de aquella estampa sin alas,
medio caída en un cepo.
Hubo un rumor de hojas secas
cuando ella dijo «te quiero».
Por él contestó la vena
más florida de su huerto.
Y mientras el aire sordo
abría su gran bostezo
y el sacerdote doblaba
vestiduras y preceptos,
una silla, en un rincón,
cobró intimidad de lecho.
Las palabras se licuaron
en opacos cuchicheos
de hiedras humedecidas
trepando labios sedientos.
Un cañamazo de rejas
sus manos entretejieron.
Sólo ellas se desposaron
en sus latidos concretos.
Y en aquel frío vetusto
de cripta de monasterio,
se miraron largamente
y después se sonrieron.
Y ella se marchó soñando
con paraísos inéditos
y él se detuvo en la linde
de sus días prisioneros.
Afuera, sobre los hombros
alabeados del cielo,
las palomas rubricaban
sus amores en el viento.
Y eran blanca despedida
los adioses de sus vuelos.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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