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  ENTRE LA FUGA Y EL MURO

Los amigos de Jaén
eran un todo homogéneo.
Su firmeza fue cortada
de un sólo tajo de cedro.
Surgían de una sonrisa
de vida clara, en el centro
de su surtidor de penumbras.
Y hablaban con el acento
de paisajes combatidos
por rachas de sangre y fuego.
De su intimidad sin motas
se miraban al espejo
y veían en su luna
el árbol de su esqueleto.
De tanto y tanto mirarlo
encarnaron su reflejo.
Y en voz baja se llenaron
de pájaros insurrectos
que destrozaron sus plumas
contra jaulones y cepos.
La dentellada del alba
puso fin a su proyecto
de abrir una brecha de oro
en la caverna del trueno.
Por albergar tanto soles
en encinares quiméricos,
por convencer a la espina
de que trocara en cerezos
el puerco espín de las zarzas,
fue su muerte digna de ellos.
Yo no sé si pondrían
en el bolsillo el pañuelo,
el cinturón y la sombra
en aquel trance postrero.
Pero si sé que llevaban
el corazón en su puesto,
la rebeldía en su sitio
y el amor en su joyero.
Y se apretó la tenaza.
Sus ademanes fraternos
si amanecieron en Tauro
én ceniza atardecieron.
Paz a sus carros blindados,
a sus vivos rascacielos
de manantiales dormidos
y a los folios del proceso.
Paz también a los gusanos
que hayan de poblar sus huesos.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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