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        GRANITOS DE ARENA

                        III

Sí, como el mar, vaivén. Pero en voz baja,
más orilla que abismo, más retablo,
sin rumores que turben tus silencios,
sin que en tus noches amanezcan faros,
casi en secreto trajinando el ansia,
apenas removiendo tus rosarios
de cuentas como gotas, como nudos
que no funden sus límites exactos
a pesar de vivir hombro con hombro,
indomable firmeza que legaron
a la enana progenie de tus puntas
los salvajes fortines del basalto.
Las olas de tus dunas se mantienen,
con un pairo expectante, en el serrallo
de tu propio confín, como varadas
en gigantescos lomos de cetáceos.
Tus mareas, levísimas, se ondulan
en el tira y encoge de tus granos,
a compás de la sístole del viento
y al ritmo de la diástole de un trasgo.
De tus ondas emergen las sirenas
y son las rosas de agua de los lagos
que el espejismo floreció en la fiebre
de tu sólido mar emulsionado.
Sirenas te disfrazan tu llanura
con manantiales de sonidos falsos,
humedeciendo la ilusión violenta
de quienes crucen tu sediento osario,
que también en tu costa solitaria
cobra vida el espectro del naufragio.
Sin velas y sin blancas navidades,
las gibas turbias de los dromedarios
pasean laberintos y timones
por las tostadas rutas del verano.
Y si la estela no te riza el jaique
de tu planicie de oro con sus lazos,
tus vastas soledades se despeinan
con las huellas rimadas de los pasos
que incrustan sobre ti las caracolas
vacías e incompletas del acaso.
Y como el mar, también, tus iras hondas,
tus castillos profundos, tus palacios
de ojivas y ajimeces, sumergidos
en el dolor de un suceder amargo.
Un dolor de vendimia y de ausencia
en tus bajorrelieves perpetuado.
Y la sal, y el gemir, y los amores
también como en el mar, ternura y llanto.
Un llanto que se evade de lo cósmico
para bordarse con calor humano.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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