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                        VIII

De elásticas paredes interiores
cuelga el reloj parado de la ausencia.
Tengo en la mano todos los minutos
que me llegan de ti. Yacen, vacíos,
sus leves trajecitos estelares,
las blancas zapatillas con que suelen
andar y desandar mis laberintos,
su mudo gesto de algodón en rama,
la gota de su historia, su cernida
y como inmóvil voluntad de lluvia,
los diminutos glóbulos de nieve
donde corporeizaron sus latidos;
todos ellos iguales, asilados,
con tal ingravidez de aisladores
como si en sus entrañas incubasen
mínimas pajaritas de papel.
Y al poner en mi hora los silencios
y dar su campanada mis confines
salen todos buscando por las selvas
la clara urna de cristal del tiempo.
Pero nunca podrán reconocerla
porque nunca sabrán que se ha llenado
con la voz de mis propias lejanías.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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