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        SEGUNDA JORNADA

ESTADO LARVARIO DE LA AMISTAD. AFECTO INASEXUADO

Otra vez en camino de estas venas
que no son las de ayer. Víbranme ahora
como templadas cuerdas de guitarra
en un resonador de alta ternura.
Debe haber comenzado ya el deshielo
de un sensible glaciar o haber caído
en los brazos cruzados de mis valles
el telar de equilibrios de la lluvia.
Me silban torrenciales sus arroyos,
delíranme sus flautas mis dominios
como una romería de serpientes
buscando una caverna en mis costados.
Sus estelas de curvos bisturíes
me precintan el cepo de una isla
suspensa de los filos de una espada,
me solfean un júbilo de eclipses
y rubrican el álbum de mis nieves.
Pasan en una larga singladura
por el balcón volado de mi frente
y dejan en mis sienes alentando
un paisaje de estío con cigarras.
Vosotras recorréis mis estafetas
desafiando borrascas, principios
y las bocas de lobo más oscuras.
Os cargáis a lo largo del mensaje
que por los hilos tensos del instinto
trasmiten a los vasos de mis norias
el destino veloz de las ruletas.
Me desmandáis de toros mugidores
los últimos sillares de mi cuerpo,
que no termina en mí sino prosigue,
saliéndose a castillos en el aire.
Y me arrojáis las redes de canales
del victimario pulpo en que resido
para apresar el pez que por las rutas
de la risa y el llanto se devana
sin degustar la arena presentida.
Yo bien quisiera asirme a vuestra cola
de líquidos cohetes circulares
y del cenit mental de mis trapecios
lanzar a los extremos de ti misma
la traslúcida serie de sus aros
para verlos llegar de tus florestas
como una teoría de ecuadores
regresando a su cálida morada.
Ellos me contarían de un torrente
que holgaba en el regazo sin orillas
de una pequeña flor ilusionada.
La historia de aquel árbol solitario
que retoñose en sal de lejanías
esperando ser hombro de una vela.
La sugestión de un aspa de molino
que se piensa huracán vuelto de espaldas.
Y cómo llega el viento a medianoche
a dormir en el lecho de los ríos,
dejándoles recuerdo de su sueño
en ese frío que se busca el rostro
a través del camino de un espejo.
Todo ese mundo mágico que juega
al estira y encoge sus elásticas
mareas de ternuras inefables
a pesar de sus firmes apariencias.
Pero ya la mañana de tus nardos
trina en la alegre voz de la distancia
el madrugado pecho de mis mares.
Las olas se tendían a lo lejos
como una derribada escalinata
de mis arquitecturas interiores.
Y en medio de sus mármoles abstractos,
reflejos de buriles transparentes,
tallábanme la idea de mi cuerpo
en un fluido pensamiento de agua.
Fui pensado garita de quimeras,
episodio veraz de la alegría,
errante contraluz de la zozobra
y espectador de un drama de basaltos.
Fui pensado también en acericos,
en el impulso musical del ansia,
en la lupa convexa del deseo
y en un yo de inminentes golondrinas.
Mas ante el peso vivo de mis venas
todo fue un raciocinio de cristales.
Entonces un sendero trasmarino
se hundió garganta abajo de turquesas,
sondándome los íntimos refugios
donde conspiran sueños que se rompen
en pedazos de oscuras rebeldías.
Pero antes bordeamos una fosa
en la que sonda y yo nos detuvimos.
Su tubular angustia contenía
mascarillas de gestos y ademanes,
vaciadas ya de la efusión caliente
que henchía sensitivos clavicordios,
palabras de escotados horizontes
y los peluches jóvenes del tacto.
El cartílago duro del silencio
tapiaba con sus vidrios hembranosos
la niebla de unos élitros dormidos.
Sin tener unas manos en las mías
daba hielo mirarse tan adentro.
Como en cámara lenta, sorprendida
a través de un lejano telescopio,
se perdían de vista en el vacío
mariposas lunares arronzadas
sobre un blanco terror de terciopelos,
gelatinosos cascos de medusa,
la hiedra frágil del escalofrío
absorta en barométricos ramajes
y formas de murciélagos caídas
de disparos a estrellas cinerarias.
Estaban con su luz deshabitada
en la linterna sorda del olvido,
con los vagos relieves que perduran
en el hueco relieve del recuerdo,
gélidas huellas de un rumor de termas
desodoradas ya de los agudos
minaretes calados del anhelo
y las guijas fulgentes del agravio.
Tú, camino, que saltas mis penumbras
con las rodillas firmes, mis barandas
de puente levadizo sumergido
y mis geografías transeúntes,
desvía los alertas de tus nardos
de esta noche aterida que me clava
hasta el puño su hoja de tinieblas.
Por el dedo en la sombra de tus labios,
mírelos de puntillas tu mirada,
que no pongan en pie tus aladares
su pálido aullido de marfiles.
Déjalos bien dormir en los embriones
de su espejismo astral, en sus orugas
de gusanos de aire siniestrado,
aquí, en esta abadía de mis aguas,
siempre huyendo de sí, siempre buscando
el témpano buido que destila
la universal presencia de su fuga
en su hogar que se ronda permanente,
no estando donde está y estando fijo
a su trasiego de hombros y de curvas
por dédalos de sal a la carrera.
Este mar que me mira respirando
y palpa mi rumor con su destino
de barajar neumáticas demencias
es el zafiro que me sube el pecho
hasta la gran planicie que en mis sienes
rompe a volar campanas aurorales,
trayéndome en las nubes del sonido
islas maduras bajo un sol de arpas,
arpas dolientes como dromedarios
que cruzan por la sed de mis llanuras
camino del naciente de tus venas,
donde la miel de la amistad trabaja
panales como rosas que difunden
el sueño de dos frentes paralelas
en las que hace gimnasia un paraíso.
Vuelvo a enfilar tu voz luna lunera
en las cuerdas vocales que modulan
el aria de un cantar de meridianos.
Todos parten a dar la vuelta al mundo
con su flexible espalda de remeros
por la esfera armilar de mis tendones.
Y ordenan un tumulto de ciudades,
y prestan longitudes a mis sueños,
y arponean arterias invernadas
en la roja vivencia de unos labios.
Nada importa que a cuestas me susurren
el diáfano linaje de las nieves,
la cenicienta historia de las brumas
y el osario de besos a distancia
que habiéndose perdido entre cerezas
acostaron sus hielos para siempre
en el semblante frígido del polo.
Ni importará que lleguen enjoyados
con zarcillos de auroras boreales
ni que traigan sus árticas saetas
una doble intención de corzas blancas.
Tan pronto como lleguen a los nardos
que siguen caminándome ternuras
fundirán en su cálida corriente
la yugular de su trayecto helado.
Pero de nuevo me hallo en la alegría
de correr por mis venas a tu encuentro.
Van en persecución, alucinadas
de un remoto temblor de conchas vivas,
de emisoras perdidas en la niebla,
de las vueltas y esquinas de una sombra
y de un grillo que canta no sé dónde,
desde algún agujero vespertino.
Van en persecución, desparramadas
por los tórridos valles de mis pliegues,
el sangriento tapiz de mis taludes,
mis relatos de níveas cornisas
y los desfiladeros de mis huesos.
Buscan, pero no logran señorío
mas que la forma abierta de la huida,
la presencia de estar en otra parte
y la contrafigura del insomnio.
Y siguen revisando mis espejos
sin descubrir un gesto abandonado.
Me registran las cámaras vitales,
el rostro de mercurio de mis fuentes,
los sótanos de un llanto sin salida,
las ramas de los últimos adioses
y un olvidado éxtasis de cruces
atormentando orgánicas colinas.
En todo estás y en nada te descubren.
Amontono los cielos y mis rocas,
espío galerías convergentes,
pongo escuchas en todos los parajes.
Y es en vano que quiera aprisionarte.
Siempre la larga escala de tus nardos,
cuando ya la pretendo humanizada
entre mi espada y mi pared finales,
se iza por veloces ascensores
a los bordes de mármol que contienen
la nítida frontera de tus rosas.
El coro de mis venas me proyecta,
desde el fondo de mí, por las calzadas
que desandan sus lenguas verticales
en red mural y fuego sostenido,
rumbo a una madrugada sin riberas.
Y sus bielas me giran incansables
en una dirección desconocida.
Ninguna soledad dentro de un río,
ni el adiós de una mano en las tinieblas,
podrán llorar el eco solitario
del duro caracol de mi desvelo
trepando la cucaña de tu sombra.
Espérame en lo alto de tu pelo,
próxima a aquel latido que regula
el orden de mi voz, en la que ahora
despierta el acto puro de saberte
el propio acontecer de mi sonrisa.
Espérame en el sol de tus cabellos:
tengo que hablar contigo enredaderas,
tardes como un cerrar de acordeones,
avenidas que pasan con el dedo
sobre el verde silencio de sus labios,
campos de vid y trenes que se alejan
por la curva sin fin que nos limita.
Te quiero hablar ciudades y palomas,
la luz meditadora de mis noches
con un libro de estrellas en la mano,
inciensos de volutas afectivas,
horas en pie y alcázares vacíos.
Y mientras yo te busco bajo el agua
tú ya estás en el aura que me envuelve
cortándome tu ausente primavera
en el preludio en flor de mis almendros.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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