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        APOTEOSIS

Samaritana mía, un poco de agua
para ganar los altos de mi voz.
Lunas en re mayor de los tambores,
flautas en si bemol de la indolencia,
cigalas de la lluvia en los cristales,
vosotras habéis visto que en mi sueño
al podar el amor de sus espinas
se ha florecido de amistad la rosa.
Todo se olvidó ya: la lenta espera
de los mudos cipreses pensativos,
el reloj de las horas sin orillas,
los muslos del dolor, los ojos ciegos
de quien ve caminar a las estrellas...
De mí se han alejado las borrascas
y vierten un alud de cielos claros
las dulces cornocupias de mis sienes.
Hasta el aire es táctil. La albura densa
del capullo de seda, las vivientes
arenas del desierto, los efluvios
del corazón del mar, la temblorosa
palpitación rizada de un enjambre,
todo se afirma en la memoria cierta
de saberse en tus límites exactos.
Se podrá sonrojar el arcoíris,
abrir un siete el aire a la carrera
en su blanco pijama de cristal,
deshojarse de trinos una alondra;
pero tú ya serás inextinguible
alma de manantial, la mensajera
que se ofrece en la flor que deseamos,
el sueño de verdad, la roca blanca
sobre todo el camino, la caricia
donde reposa el fondo transparente
de los años y leguas interiores.
¡Qué cerca estoy de ti, bañado ahora
por la consciencia húmeda del río
que te detiene en su pasar sin tregua!
Esta sí que eres tú. Redondos aires,
tigres rubios del trigo, verdes prados,
subid a los trapecios de mis hombros,
dad el salto mortal de la alegría
y caed en la arena iluminada
de los cónicos júbilos circenses.
Bajo un cautivo vuelo de palomas
siento piafar rebaños de ciudades
al filo de las doce en tus mesetas.
Y cruza una apaisada arquitectura
por debajo de mí. Galopan puentes,
y se encabritan torres, y se empina,
sobre ijares esdrújulos de mármol,
un bosque vertical de escalinatas
para darte sus hondos parabienes.
Por todos los caminos de mí mismo
te he visto sonreír. La lejanía
es ya comunidad, rincón sensible
que cabía en tu mano o en tus ojos.
Ya no me hacían falta los sentidos.
Es más, los ignoraba. Se quedaron
ya no sé dónde, acaso en un destierro
de sonidos, de tactos y de luces.
Una gran fuerza viva desanclada,
suelta de las amarras de la sangre,
detenida en un vilo de ternura,
desarraigó sus garfios
de eso que llaman cuerpo, y es la piedra
de los firmes castillos interiores.
Para nada servíanme los brazos
—extremidades de absoluto olvido,
guijarros y tenazas de la ausencia—.
Ellos son los amables servidores
de otros dulces andenes, incapaces
de acompañarnos como tales brazos
más allá de los quicios de los dedos.
Debía de tenerlos tan delante
o tan detrás, que nunca los veía
en su evidente vocación de lianas
ni se me convertían en recuerdo
de haber estado alguna vez conmigo.
Siempre se van naciendo a cada instante
para el amor; mas no para este trance,
si trance puede ser esta presencia
de habernos desnudado de nosotros
para encarnar de nuevo en una voz,
sin haber olvidado nuestros «míos»:
—tus orillas de nardo y amapola,
mis silencios de rocas y volcanes.
Aquí no tienen sitio las espinas.
Eso es abajo, donde se coronan
con pájaros el grito y el amor.
Eso es allá, donde los sueños quieren
alojarse en la síntesis remota
del agua con el fuego. Eso es arriba,
donde los bosques de la luz se ausentan
irremediablemente condenados
a buscar por desiertas claridades
paraísos de fresca oscuridad.
Eso es adentro, donde no se puede
entrar ni con un eco de nostalgia
sin que una ágil memoria de relojes
no nos leve las áncoras del llanto.
Pero aquí donde todo se diluye
en el mármol dormido del reposo,
donce yace el difícil equilibrio
de este silencio unánime de roca
desbridada, no se abre al movimiento
la brecha temblorosa del sonido,
ni el vuelo turbador de una saeta,
ni un dolor afilado de rubíes.
Aquí sólo descansa lo que irradie
fidelidad de nieve a la blancura.
Me encuentro alpra con la voz ya hecha
en el círculo máximo del gozo.
Como al cristal la lluvia, y la mejilla
al beso, y al color la hoja dócil,
se une a mi voz tu pensativa frente,
mi voz, a medio trino de tu sangre,
tu sangre, a media rosa de mi voz.
Y ella te acariciaba en los confines
de ser y estar a su verdad subida,
idéntica al fluir del universo.
Ese, vivir una unidad de dos
sin que conspiren labios desbocados
ni busquen lobos presas sonrosadas
bajo la fina nieve de tu piel.
Ese tener maduros ya los sueños
para que pueda el pájaro atreverse
a construir su nido a nuestra sombra.
Ese tocarse en luces concertadas,
vivirse en esa luz que sólo inventa
posarse en claridades resbalantes
dentro de tu traslúcido silencio.
Vivir en ese aire que parece
que se hubiera soltado de nosotros
para ser por nosotros habitado.
Nos veían cruzar otras miradas
sin presentir que habíamos subido
el último escalón de la armonía.
Ni siquiera subir. Era que estábamos
—sí que estábamos— ya en la clara rosa
de nuestra transparente intimidad.
No nos podían ver. ¿Y cómo vernos
si sólo nos hacíamos presentes
en la huella final de nuestra voz,
en su blanco interior de caracola,
en el virgen rumor de la amistad?
¿Quién te podía ver, honda y cercana,
corza de nuestro afecto verdadero,
bebiendo en el remanso de las sienes?
Es en nosotros, donde nace el río
que discurre a lo largo de la vida,
en donde empieza a deslizar su arrullo
nuestra bella verdad diáfanamente.
Si la véis transitar por los caminos
no le manchéis su ensalmo, cazadores
del odio, dejadla correr libre
con su dulce recuerdo en el costado.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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