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ALONDRA DEL MUCHACHO ALBAÑIL

A África y Arístides

En los ijares del aire,
firmes, clavaba el andamio
sus secas astas de bosque
y sus patrullas de zancos.
Y era tan veloz el gesto
del maderamen alzado,
como si por él corriese
una jauría de galgos.
Gacela de las alturas,
el chico subió a lo alto.
La fresca brisa del mar
besaba sus ojos pardos.
De pronto, cayó su cuerpo,
con la cabeza hacia abajo,
en el fondo del espejo
en que me estaba afeitando.
Al ver gotear la sangre,
creí que me había cortado.
Pero el espejo se puso
igual que un muro de blanco,
blancas en él las paredes,
blancos mis ojos cerrados.
Su luna estaba tan fría
como el invierno de un lago.
Todo lo que había dentro,
trajes, cortinas, muchacho,
se quedó en su superficie
rigurosamente helado.
Su rostro de aire dormido
he cubierto con un paño
para que no aterrorice
su agua rígida mi cuarto.
Y dicen negras esquelas
que ha fallecido el muchacho
que se cayó en el espejo
en que me estaba afeitando.
Llorad, cristales de todos
los edificios más altos.
Llorad por mi claro espejo,
muerto en flor con un muchacho.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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