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        A LA MAR FUI POR MI INFANCIA

A Valentine Penrose, en París.

Fue en un tiempo en que los ojos no veían
ni las manos tocaban.
Tan sólo el corazón tenía vista y tacto.
Era él quien latía los puntos cardinales,
el sombrero de copa de los pinos,
los bueyes del crepúsculo,
las quinielas de ramas del barranco.
Era él quien abría,
de mañana, las calles
sin agua y sin aceras,
igual que una lección mal aprendida,
calles en rústica como mis libros bajo el brazo,
descalzas todavía de adoquines
para que las pisasen solamente
mis pasos interiores y la lluvia,
los caballos de caña,
las bicicletas y los pájaros.
Iba por dentro de ellas; conducían
al trompo que la América del Sur gira bailando
en la blanca tarima de los hielos australes,
al cinturón de avispa de América Central,
a la verde ensalada de las islas distantes,
a todos los regazos del mito y las auroras.
Era un tiempo con plumas en las alas,
tiempo de mariposa y cascarón de huevo,
tiempo de piedra y luna,
tiempo de corazón saltando.

Yo sentía a mi madre freír en él patatas,
ponerle culantrillos que le dieran frescura,
cogérmelo en la mano como un polluelo vivo,
acostarlo en sus lágrimas mullido de sonrisas.
Ahora con mis manos y estos ojos
ya no puedo vestirme el traje marinero
ni fumar a hurtadillas un cigarro rubio
ni a mi abuelo quitarle los cartuchos de caza.
No es que me desespere este vivir de ahora
con el que voy lastrando el júbilo y la pena,
ese tiempo que aprieta tornillos medievales
en la garganta rosa de los amaneceres.
Te digo que no quiero volver a ser un niño.
Mis raíces se afirman en la tierra de asombros
de los años que huyen.
Pero desearía que una mágica ola
me trajese de nuevo la presencia
de los que fueron míos cuando era un muchacho.

Con la mano en la mar así lo espero.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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