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        A LA MAR FUI POR UN HIJO

A Marcel van Houtryve, en Brujas.

Miro la mar. La miro desde atrás de mis ojos,
desde una cureña de antepasados,
desde un fondo perdido de corazones.
Y aun más allá. De las galaxias del instinto,
antes de que el amor en carne viva,
la sangre a campo traviesa,
el beso a pie juntillas,
diesen cuerda a mis pasos,
antes de que lograsen ni siquiera la forma
del pensamiento de agua a una nube.
Ojos como los míos, apenas diferentes,
me han traído en la hamaca de esta costa,
dejándose llevar y traer sobre sí mismos,
sin hacer un nudo de pañuelo en el tiempo,
sólo yendo y viniendo a la deriva,
sólo entrando y saliendo a soledades,
sólo al pairo de un sueño.
Alguien me dicta estas miradas.
Son miradas en clave:
cantan como perdices,
calientan como hogueras,
saltan como los peces voladores.
Unas miradas sueltas,
con la abstracción de huesos calcinados,
que han perdido la sombra y los rumores,
los silbos del color y las ojeras,
los números de años y relojes,
que han perdido la tierra que habitamos
y que ya no hacen pie ni en el recuerdo.
Me pasan a través,
no se enraizan,
son flechas de otras dianas.
Buscan en mí unos ojos venideros,
el escalón que las prosiga,
la rama que las devuelva a un nido.
Y aun sabiendo que correrán mi propia suerte,
que mi carne no puede asomarse al futuro,
al mar vienen conmigo,
fieles a su destino alicortado,
por los rieles abiertos de mis ojos.
No pido que las vuelvas a las ascuas de que partieron,
pero pónmelas todas en el hueco de un hijo.
Un hijo de la mar, un hijo en cueros,
que aprenda de la espuma a gatear las playas
y dar el visto bueno de su cuerpo a la arena.
Un hijo de la mar, que tenga los silencios
de una concha de nácar, donde resuene el llanto
del alba sonrosada de un molusco.
Un hijo de miradas interiores,
que ame la libertad, que la persiga
sin dar paz a las nieblas del desprecio,
en los desarraigados emigrantes
y los suburbios de las lágrimas,
en el salto lebrel de la alegría
y los ritmos de jaz de la pobreza,
en la copa de ron de los marinos
y los enroques de ajedrez del viento,
en el grano que arrastran las hormigas
y en las picapedreras cicatrices
que dan aldabonazos a mi rostro.
Un hijo tuyo, mar, un hijo
del triángulo de olas que recorta
los muslos de los valles bajo el vientre del cielo,
allá en la lejanía,
donde escribe el relámpago su nombre
con luz que ni maldice ni se humilla.
Un hijo de tu azul enamorado,
que sublime su angustia, puesto a salvo
del temor a tener que defenderse.
Un hijo a quien le quepa entre los brazos
la redondez de un mundo sin fronteras.

Con la mano en la mar así lo espero.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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