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        SOLILOQUIO DE LA MAR

A Domingo Pérez y Pérez, en Venezuela.

Hoy me acerco a vosotros con tristeza.
El color de madrigal de mi frente,
mi alegría de cabellera despeinada,
no alimentan ocasos violetas
ni pestañas de luto
ni corazones rotos en desvanes.
Heredé de mí misma la costumbre
de estar siempre dispuesta a lo que salga:
el salmón de la luna o el riesgo de la muerte,
la noche del odio o el bandazo del horizonte.
Temo a los que aún no saben amarme,
a los que ponen sus temores
bajo el signo de las lágrimas.
Si de algo os acuso es de haber olvidado
mi rompiente manera de llorar.
No es un llanto de agua dulce,
de estanque prisionero;
no el llanto de rodillas de un esclavo,
sino un llanto que alcance el rojo vivo,
un llanto que taladre montañas,
corte como una sierra
y levante su copa como un árbol al viento.
Los hombres nunca lloran hacia abajo.
Lloran hacia lo alto de sí mismos,
hacia la aurora campesina de los trigales,
hacia su libertad de miel de águila.
Lloran hacia su sed de soledades
para apagar sus penas
con gritos sin respuesta y caminos sin rumbo.
Aprended a llorar como los niños,
con su amanecer de espiga en los dedos
mientras comen con rabia el pan y la sonrisa;
con su cuento de hadas abriéndoles los ojos
mientras rompen la crisma a los juguetes.
No, vosotros no lloráis hacia los hombres
con la firmeza de los cantiles,
con la camadería de las arenas,
con los sordos colores de un pez en el acuario.
No lloráis con mi fuerza,
con vocación de retorcer cadenas,
con voluntad de vida.
Mi ilusión es que nazca vuestro llanto
como los surtidores,
como crece la hierba,
como sube el ganado hacia la cumbre,
llanto que os levante y os ponga en la cima
de un dolor sin fronteras,
desde el cual tenga el mundo transparencia de río
viniendo hacia mis brazos a confundir sus aguas
en una sola voz de bienvenida,
en una dura piedra de amistad.
Cuando lloréis tan míos lloraréis con el alma
y será entonces lluvia vuestro llanto,
capaz de retoñaros de alegría.

Con la mano en el pecho así lo espero.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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