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        CANTO A SANTA CRUZ

Concédeme el honor de apadrinarte,
ciudad por cuyas calles ha latido
el ruiseñor de sangre de mis venas;
ciudad que te levantas con el rostro
vuelto a la libertad del horizonte;
ciudad que has hecho un nudo de tu llanto
al ver tus alas de distancia y vuelo
reducidas a cisnes de un estanque.
Del mar te viene nacimiento y cuna.
Naciste ya morena de volcanes,
casi con desnudez de piedra y cielo,
remera de tus brazos y tu frente,
con las piernas hundidas en el agua
igual que una muchacha pescadora.
La mar fue tu nodriza, con sus senos
de espuma y soledad, con sus espaldas
de música y gaviota, con sus hombros
de ondulante trigal y con su vientre
redondo de aventura y lejanía.
Tú te has ido creciendo poco a poco,
trabajándote al ritmo de las olas,
con un dolor de cumbre en la mirada
y un balandro dormido en la sonrisa,
pensándote de árboles y nidos
por las meditaciones de tus plazas
y albergando en tu concha de molusco
un rumoroso corazón de abeja.
Te quiero porque vienes desde abajo,
de descalzas arenas, y no ocultas
tu quehacer de obrera de los mares;
te quiero porque has hecho por ti misma
tu casa y tu canción; porque tus hombres,
a la altura de todos los caminos,
no le ponen frontera a lo que tenga
contorno, y lucidez, y alma de nieve;
te quiero porque en medio de las aguas
besas en paz el corazón del mundo
y lo llevas atado en el recuerdo;
porque tienes aún en las mejillas
fresco el amor y tibia la mañana
de la amistad del aire y las palmeras;
porque sabes sufrir y nunca olvidas
que el odio es una espina de cien leguas
donde no puede amanecer la rosa
que respira en el fondo de tu pecho.
Tú no vienes de ayer, llegas de ahora,
del fulgor del instante que se clava
en tu costado abierto a la alegría.
Y te das y te tienes, trasmitiéndote
en el acordeón del oleaje,
que se va con tu voz y que retorna,
con su alianza de afectos y destinos,
sobre la azul espuma enamorada.
Has llegado hasta aquí, ciudad sin tacha,
mirador de la mar, mordiendo el fruto
maduro de sirenas y de afanes
en el silencio de tus propias manos.
Vosotros, carpinteros, proseguidia
con las maderas de los altos sueños;
vosotros, albañiles, continuadla
con piedras duras como vuestras vidas
y vosotras, doncellas, florecedia,
dadle virginidad de bosque y lluvia,
dadie vuestras espigas de ojos claros,
dadle vuestra ilusión de ser felices.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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