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        LA LAGUNA

a Luis Ramos Falcón

Yo me he subido hasta aquí,
yo, verode, a los tejados,
para poner a la altura
de la ciudad todo el campo.
Y no es que quiera evadirme
de la amistad del arado
por codearme con torres,
veletas y campanarios,
que es mi savia la que enciende
los populares geráneos,
la ternura de la hierba
que cubre el vientre del barro
y las tierras de labor
donde sonríe el trabajo
mirándose en el espejo
de los frutos y los granos.
Campesina es mi raíz,
pero mi traza es de hidalgo
y amo estas calles, las quiero
con todos mis verdes altos,
estas calles que se alejan
hacia los silencios mansos
que se duermen en la frente
del buey redondo del llano.
Por estas calles yo he ido
con mis libros bajo el brazo,
desde las ágiles aulas
al lento Camino Largo,
de las fuentes del Derecho
a la ecuación de los pájaros
y del trino de una flor
al seno de un corolario,
siempre por mis soledades
y sueños nunca alcanzados.

De aquí contemplo los cerros
que me custodian los flancos,
mis cerros como carretas
inmóviles: son mis barcos,
esos barcos que tripulan
lluvias y vientos descalzos
aunque a veces vaya en ellos
la pena de contrabando.
Tal San Roque. Su recuerdo
aún me sangra en el costado.
Fue hermano mío: el primero
que abrió mis ojos al llanto
y a quien una piedra en forma
de cruz sostiene en los brazos.
Pero yo no soy tristeza
ni caracol ermitaño,
sino antena que trasmite
ese abierto abecedario
de letras vivas y hojas
que pone en pie cada árbol
para que sea la urbe,
más que un mármol de basalto,
el corcel en el que viaja
el pensamiento a caballo.
Yo no miro sobre el hombro
a los que van paso a paso
pastoreando silencios,
crepúsculos y rebaños.
Y cuando toda la vega
entra en mis lares bailando,
y sus aperos y frutas
se entrañan en mi regazo,
y cada calle da a la luz
mieses, carretas, ganados,
en el río de colores
que es la progenie del agro,
el corazón en el pecho
me salta como un muchacho.
Únicamente lo saben
los que miran a lo alto.
Y me siento muy feliz
presidiendo los tejados
de mi Laguna del alma
—nidal, simiente, cenáculo—
belén de sabiduría
que da nacimiento al campo.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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