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        TACORONTE

a Ernesto Castro Fariñas

En este pueblo dibujan
los chicos de las escuelas
lentos paisajes de sombra
con grises muertos de pena.
La pompa de los colores
aquí para nada cuenta.
Ni el girasol de la tarde
en los cielos, ni la cuesta
de los verdes monte arriba,
ni el reclamo azul siquiera
de un pie de lluvia en la mar,
se asoman a su paleta.
Y es que el hombre de estos campos
siente su trozo de tierra
tan al fondo de sí mismo,
de su intimidad tan cerca,
que cuando al final del día
ve cumplida su tarea,
ya el gris del atardecer
es ceniza de la hoguera
que ardió, mientras trabajaba
sin levantar la cabeza.
La vanidad del poniente
no hace germinar la hierba,
ni sacia el hambre y la sed,
ni le redime y libera.
Él se da todo a sus manos,
las manos con las que siembra
de golpe, en el mismo surco,
su libertad y su condena.
Comparte desde sus últimas
melancolías sedientas
la igualdad de las semillas
en el seno de la tierra
y esa oscuridad redonda
del vientre de las cosechas
que le devuelve al silencio
de las entrañas maternas.
Silencio de Tacoronte
tan duro como una piedra.

Cuando te alejas del fácil
río de la carretera
este silencio te sigue
igual que un perro de presa
y contra él no te vale
cerrar ventanas y puertas.
A donde quiera que vayas
te va lamiendo su lengua.
Este silencio es el mosto
que fermentan las bodegas,
el espejo en que se miran
rebeldías y tristezas;
es la soledad que pintan
los chicos de las escuelas;
es el corazón del hombre
latiendo rabia las venas;
solo, de ideas adentro,
más solo, ideas afuera.
Silencio que nunca duda,
pisa firme y pone a prueba
lo que de isla y volcán
aún en nosotros queda.
Y en medio de este silencio
que ante nadie se doblega,
la noche de Tacoronte,
vendimiadora de estrellas,
deja hundirse en el descanso
de su oscura cabellera
las manos del que trabaja
y la frente del que sueña.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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