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        PUERTO DE LA CRUZ

Negras arenas la mar
juega al envite en El Puerto
dejando en el aire rumbos
de aventuras y de sueños
y llevándose a sus anchas
malvasías de silencio.
Desde la infancia sus puertas
al horizonte se abrieron,
le dio el pecho al oleaje
y tomó mando velero
sin dar tregua ni respiro
a tempestades y riesgos,
que en el Puerto de la Cruz
hay tal fondo marinero
que no pueden desvirtuarlo
columnas ni rascacielos.
Hilo le dio a sus cometas
porque sintiose muy dueño
de que el insular contorno
que iba tomando su vuelo
se afirmaba en su interior
y no cedía terreno.
Sus calles han resonado
con los distintos acentos
que monta la libertad
en el caballo del tiempo.
Y así han quedado las huellas
que otros pasos sonrieron
injertando tolerancias
que no han caído en desierto.
De todo el caleidoscopio
que la urdimbre de otros pueblos
derrama en sus aledaños
ha elegido aquel fermento
de ave de mar y sonrisa
que da constancia a sus predios,
don de gente a las arenas
y nido a su aislamiento.
Y así no pierde su norma
de estar cerrado y despierto,
mitad, varado en sí mismo,
mitad, velamen al viento.
Por el Puerto de la Cruz
entraron, más que vinieron,
ideas como mujeres
dando a los hijos el pecho
y enseñando que no caben
las patrias en un pañuelo.
Fueron sus aguas, las aguas
desnudas del pensamiento,
las que batieron de firme
los caletones isleños.
No hubo rencor ni violencia,
que estas lides nunca fueron
bregas de martillo y yunque,
consignas de sangre y fuego,
sino frentes dialongando
con inquietud de arroyuelos.
Y esta cabeza de puente
se sostiene sin esfuerzo
como un abrazo que uniera
a los vivos y a los muertos.
Un alisio de ternura,
un liberal sentimiento
de estar andando a derechas
puebla este hogar solariego.
Triángulos de lunas blancas,
briznas de hogueras en celo,
amigos, faros, gaviotas
de los mares del recuerdo,
si Puerto de la Cruz digo
quiero decir compañero.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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