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        GARACHICO

El fuego, la mar y el hombre
se disputan Garachico.
El volcán, melado y lumbre,
y el mar, correlón y giro.
Que vengan los cuidadores
a ver estos dos magníficos
gallos de casta y pelea
dando suelta a sus instintos.
En los hombros de la altura
hacía el volcán su nido
ardiéndole en las entrañas
una riña de cuchillos.
Y con la cresta sangrando
rodó cumbre abajo herido,
clavando los espolones
de ciega lava en los riscos.
Estamos frente a sus restos
como si estuviera vivo
que al que da a vida su muerte
no le echan tierra los siglos.
Y el otro gallo, la mar.
Catapulta y torbellino
oleaje del revuelo,
cresta blanca, pecho en vilo,
abrió sus alas de espuma
y rayo del levadío
dejó varado en la orilla
un cementerio marino.
Pero el hombre se sostuvo
sin salir de su recinto
con más pasión que el volcán,
tan hondo como el mar mismo.
Este es un pueblo con forma
de cubierta de navío
anclando las tempestades
casi en las playas del mito.
Y en esta ceja del rostro
del agua que es Garachico,
en este lunar de tierra
que sonríe a los peligros,
en esta uña de afanes
salvada del cataclismo,
vacunado contra riesgos,
muy señor de su destino,
mantiene su corazón
en un sereno equilibrio
con la intimidad fecunda
que alberga el grano de trigo,
con el trabajo que sueña
horizontes y espejismos,
con la libertad que busca
rumores de paraíso.
Es isla baja y qué alta
su arboladura y el signo
del hombre que se libera
del miedo a ser destruido.
Vive casi sobre un yunque,
pero no existe martillo
de los montes o las olas
que lo convierta en añicos.
Y así, pegado a la roca,
el pueblo de Garachico,
sin dar su brazo a torcer,
al mar y al fuego ha vencido.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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