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        ADEJE

El barranco del infierno
es para mí todo Adeje.
Quien cruce sus soledades
tan desvalido se siente
como un fósforo de palo
que contra el viento se enciende.
Hay barrancos que te hablan
y que la mano te tienden;
éste no es así, rechaza
a todo el que va y que viene,
se ensimisma en sus adentros
y sólo enseña los dientes.
De pueblo abajo es la sed
su sexagenario huésped,
pero del pueblo a los altos
son muy otros sus quereres.
Una orgía de peñascos
encima de ti se cierne
triturándote el aliento
y mordiéndote las sienes.
Aquí lleva el alma uno
prendida con alfileres.
Todo en él es barroquismo;
hasta el silencio se hiergue
de otro modo, con visera
y sin tratos con la gente.
En él mandan los cardones
que lanzan en ristre florecen;
las cuevas, que multiplican
ojeras en caballete.
Aquí el pájaro se expresa
con una voz en relieve
y hasta las ramas del árbol
de otra forma se retuercen.
Desde el fondo de su cauce
el cielo azul es a veces
un remiendo de la altura,
la buhardilla de un duende.
Y siguiendo muslo arriba
el tajo de las vertientes
llegas a un sexo de lava
bajo las faldas del Teide.
Cuevas, cuevas y más cuevas
que te miran frente a frente:
son las cuencas de los ojos
arrancados por la muerte,
son las sombras familiares
que convocan los menceyes,
tumbas que la libertad
dejó a la piedra en rehenes.
Un patrimonio ancestral
con uña y carne defiende
no por infierno, por suyo,
este barranco de Adeje.
Y si ha calado tan hondo
y tan alto se mantiene
es que desea que nunca
en el olvido lo entierren.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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