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        FUERTEVENTURA

a Ángel Acosta

Por un camino sin sombra
me voy a Fuerteventura.
Tengo sed de campo raso,
estoy cansado de alturas.
Es, ésta, tierra planchada
que puso sin Dios ni ayuda
su rampa de soledades
antes que nadie en la luna.
Con su forma de tunera
de norte a sur me saluda.
No son mis pies los que andan
tu anverso de punta a punta,
es la balsa de mi espalda
que se hace alberca en la tuya.
Tendida está a pierna suelta
para dormir con holgura.
Calarle al hombre el silencio
en esta isla se escucha,
endureciendo sus huesos
y cavándole la tumba.
Las aulagas han bordado
la camisa de la angustia
con iniciales que tienen
todas las letras picudas.
Se agachan las parameras
para que el viento construya
jaulas sin rejas ni techo
en donde canten las dunas.
Aquí se afrontan las horas
con alma tensa y desnuda
aunque de manar no cesen
las fuentes de la amargura.
Pero la sangre golpea
hecha corcel y andadura,
enciende pechos y hogares
y, roja flauta, modula
en el vientre de las ansias
hijos con nombre de lluvia.
Pero esta luz, esta luz
que nos clava y nos desnuca
la sombra, como maqueta
de nuestro genio y figura.
Esta luz, loca de atar,
que nos delira y deslumbra
es un tigre que no duerme,
de tan salvaje bravura
que a los filos de una espada
daría muerte en la lucha.
Es una luz que nos muerde
igual que las quemaduras
aunque vaya por las puertas
limosneando penumbras.
En la sed sólo se apoya
su mano de vagabunda.
Y no solamente en ti,
también nos arde y dibuja
los perfiles sin entrañas
de unos desiertos a oscuras.
Y en verdad que todos somos
un poco Fuerteventura:
en nuestros brazos abiertos
la sed no se apaga nunca.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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