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        FASNIA

Para gozar una cueva
no hay lugar como Fasnia,
Fasnia de los ojos verdes
y de las tierras doradas.
Ladrar ya puede el verano
y sacar el sol la garra;
pero la cueva, en cuclillas,
con su mansedumbre a gatas,
su cogollo de lechuga
y su redondez de talla,
no te regatea nunca
su sombra samaritana.
Y cuando arrecia el invierno
y tiritan las montañas
igual que un huevo caliente
es para ti su morada.
No te da lo que le sobra,
te da lo que te hace falta,
que su corazón inunda
una bondad de patata.
La urgencia de los caminos
y las prisas en volandas
la encuentran siempre en el quicio
del meollo de la calma.
Su pupila de ternura
refresca las hondonadas
donde el maíz despereza,
bajo el toldo de las llamas,
sus rumores. El maíz
que no abandona la guardia,
que jamás pierde la línea,
la mazorca ni la barba,
aun cuando duerme la siesta
sobre un pie, sin otra hamaca
que su ilusión de ser trino
y sonreír al que pasa.
La cueva ve los viñedos
y a sus pechos de uva blanca
ofrece su intimidad
de bodega, su canasta
de penumbras, que en la tosca
trabajó el pico y la pata,
paleando la miel
del descanso en su garganta.
Paz en medio del incendio
que los fuegos arrebatan;
paz en medio de la lluvia
que a cántaros se derrama;
paz para el hombre que busca
el asilo de sus alas
y las ubres del silencio,
convirtiéndose en crisálida
de una fuente que encontró
madriguera como un alma.
Aquí la luz echa grelos
sobre la tierra descalza
casi con la sencillez
de una esposa cuando habla.
Y hasta puedes prescindir
del cuello y de la corbata
si amas verdad y desnudez
y a fondo quieres tratarla,
que en una cueva está dicho
todo con pocas palabras
desde que nació a su sombra
jamás le volvió la espalda.
Y ella es más feliz que nadie
en este suelo de Fasnia,
Fasnia de los ojos verdes
y de las tierras doradas.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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