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        A LA DERECHA, ENTRANDO

De un salto, sobre el mar,
el camino ha llegado a nuestra casa
ronroneando como un gato.
Un poco tarde se le ha hecho:
manotazos de avispas e instantes como años
lo llevaron de un lado para otro,
de rejas a desiertos, con temores y muertes.
Pero al fin ya tenemos los dos la misma llave
para abrir y cerrar la misma puerta,
sin que el ojo de la cerradura se sorprenda
de verme llegar solo.
Antes de venir tú, el tiempo pasaba
oyéndome llover. Apenas si podía
llevarme agua a los labios
de tan fría y tan sola.
Las cosas de la casa
monologaban un silencio de piezas de ajedrez.
Cada una un lingote de soledad.
A veces me tendían las manos el color,
un poco naufragadas,
con una doncellez de solteronas.
Ahora ya es distinto.
Hasta las más vulgares,
las que todos los días trajinamos,
cobran un aire nuevo,
nacidas a otra vida,
millonarias de una quiniela de ternura.
Todas han comenzado a compartirte
y calar la expresión de tus maneras.
Ya el reloj no se para por tener a quien decir la hora.
Ya el libro es realmente un compañero,
no el mago ilusionista que ocultara
mi libertad interior, que me impidiera
el respirar por mi horizonte herido.
Pero ya estás aquí. Desde hoy la escalera
subirá los peldaños contigo.
Y el timbre de la puerta
hará vibrar las ramas del silencio
desde el trino del pájaro
que despierta la yema de tus dedos.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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