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        VOCES DE SERVIDUMBRE

A doña Mercedes Sánchez Pinto, viuda de Fumagallo

Estas mismas palabras con que ahora,
aquí dentro,
en la confianza del hogar, decimos:
tengo sed,
la paz ha de tener vida como un caballo
sin libertad no puede tratar de tú a mi sombra,
todos estos ademanes profundos,
se están mixtificando desde afuera,
desde los trajes impecables
de las frases condecoradas,
que prefabrican huracanes
sobre interiores campos desolados.
Aquí dentro, en la casa, las palabras se muestran
con esa claridad del fuego en las cocinas,
con el sabor directo de la sal y del vino,
conservan todavía
virginidad de pájaros cantando,
tienen la juventud de ser doncellas.
Pero fuera de aquí, en la calle, en los salones
que prolongan sus largas galerías de espejos,
todo lo adueña un antifaz que obstruye
el que nos encontremos y abracemos
en el redondo corazón del día.
Aquí dentro, en la casa, edificamos
la ternura y los hijos
y las palabras nos aprietan
de amor labios y manos.
A veces nos hundimos tan al fondo de ellas
que casi no podemos regresar a nosotros,
hacer pie en nuestra orilla,
tan perfil de esperanza nuestra efigie
colmada de sus luces.
Pero brazos oscuros penetran nuestro sueño,
quieren anochecerlas con visillos de duda,
les saquean la intimidad,
las toman en rehenes para juzgarlas a capricho,
dejan la dinamita del miedo en sus umbrales,
y ya, por las palabras,
cuando creemos besar los labios que nos aman,
se nos pone un fusil entre las manos
para que asesinemos a mansalva
el viento de las cumbres,
los terrenos resecos de una tierra de nadie
en la que nunca hallamos domicilio ni agua.
Ahora las palabras verdaderas
—dame un beso, hijo mío; madre, cógeme en brazos—
aquellas que de niño siguieron nuestros juegos,
alas de nuestra sangre,
son unas desterradas que no pueden
regresar a la patria en que nacieron.
Vedlas pasar con el costado herido,
mendigas de la pena y la nostalgia.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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