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        COMPAÑERO AUSENTE

Trémulo está el silencio
en esta noche de la casa sola.
Dan ganas de ponerle banderillas de fuego
como a los toros mansos.
No es paz su soledad, sino violencia
de rincones yacentes,
penumbras biseladas de distancia
y ventanales que nos desazonan.
Si entre el pairo interior de estas paredes
rompieran a cantar de pronto los jilgueros
del agua hirviendo en la cocina,
si pudiera darle la sal sabor a tanta ausencia,
si al menos
sonriese el comino su ternura.
La cocina es el sexo de la casa.
Tiene arrullo y presencia de paloma
temblor de «ábrete Sésamo»,
venas de perejil y hierbabuena.
Pero ahora, desde que tú has partido,
está a punto de nieve el desconsuelo
en el mosaico y la vajilla,
y ni salta el aceite en las sartenes
ni se desnuda el pecho la cebolla.
¿Cómo es posible
que todo se haya evaporado
tan sólo con tú irte
y quede solamente en torno mío
seca la luz en las bombillas,
secos los ruidos en los corredores,
seca la obra muerta
de esta quietud venida a destruirme?
Pero algo aún perdura y me defiende
del desierto de arena de la noche:
un poco del café que tú has dejado
le da un chorro de vida a la cocina.
Y mucho más también. Las cucharas
te recuerdan los labios.
Las cacerolas, tus caderas.
Graves, en orden, colgadas en su sitio,
con la sonrisa miro sus colores
de enquistadas simientes,
formas de la alegría de tus manos.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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