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        MIS SELLOS, LOS DESAPARECIDOS

A Antonio Dorta Martín y Mariana

Siempre fueron los sellos mis amigos.
Uno a uno había comenzado a reunirlos
cuando apenas llevaba de camino once años.
Algunos llegaban súbitamente mariposas
por las esquinas del azar.
Otros guardaban su ojo mágico
en el fondo de los baúles,
súbditos bien pegados al recuerdo
de familiares que emigraron.
Pero todos hablaban un idioma común:
el lenguaje del ala y del grano de trigo
que nos integra en una sola patria.
Parecían muy débiles, pero llegaban siempre,
sin conocer molicie ni descanso,
con sus tatuajes marineros,
después de haber traído tristeza o miel
desde frutales lejanías.
Algunas veces llegaban malheridos,
con los colores trepanados,
pero aun así tenían paso libre
por fronteras y aduanas,
eran invulnerables como el viento.

A través de sus idas y venidas,
de sus recados de palmeras,
de sus arquitecturas transeúntes,
se podía seguir el aleteo
del hombre en libertad, la trasparencia
de su mundo interior, vivaqueando
hogueras de esperanza.
Yo los amaba en su alegría
de perros fieles. Nunca traicionaban
su mensajera estirpe.
Como enjambres, llenaron la colmena
del álbum. Cada hoja, un panal.
En la pequeña librería,
junto con mis poetas preferidos,
en todo instante me aguardaban.
Y ahora, echad tierra a mi rostro,
poned un disco rojo
que me prohíba el paso:
no quiero ver el hueco
que dejaron mis libros y mis sellos,
mis once años desaparecidos,
mis arcoíris
inútilmente asesinados.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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