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        LA CESTA DE LA COMPRA

En el supermercado
el pan tenía rostro de hambre.
Miré el estercolero de los precios.
Quise comprar acelgas.
No había sino nubes
diciendo adiós al prado de mis ojos.
Las papas dormitaban de silencio
en la cabeza de un pelícano
y flotaba el aceite
encima del regazo de una lágrima.
Y hasta el buen perejil mordió el anzuelo:
se vistió el uniforme de los zancos
para dejar de ser el inocente
chocolate del loro.
Sólo vendían
amarguras de sal por todas partes,
sal en las ramas verdes,
sal y enojo en los granos,
sal manufacturada
con los emblemas de las frustraciones.
Y a mis lares retorno
todo mi cuerpo respirando ortigas.
Para llenar la cesta de la compra
sólo la rabia no tenía dueño.

autógrafo

Pedro García Cabrera


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