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        Los unos altísimos,
        los otros menores,
con su eterno verdor y frescura,
        que inspira a las almas
        agrestes canciones,
mientras gime al chocar con las aguas
la brisa marina de aromas salobres,
van en ondas subiendo hacia el cielo
        los pinos del monte.

De la altura la bruma desciende
        y envuelve las copas
perfumadas, sonoras y altivas
        de aquellos gigantes
        que el Castro coronan;
brilla en tanto a sus pies el arroyo
        que alumbra risueña
        la luz de la aurora,
y los cuervos sacuden sus alas,
        lanzando graznidos
        y huyendo la sombra.

El viajero, rendido y cansado,
que ve del camino la línea escabrosa
que aún le resta que andar, anhelara,
deteniéndose al pie de la loma,
de repente quedar convertido
        en pájaro o fuente,
        en árbol o en roca.

autógrafo

Rosalía de Castro


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