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        ANASTASIO AQUINO, TÚ LUCHA...

Puñetazo por la tierra fue tu lucha total:
ala guerrera,
paredón de esperanzas enraizadas en el grito más hondo de la milpas.

Tláloc, con su voz húmeda,
hizo bullir las venas ancestrales de tu pueblo dormido,
estableció vibrante en rutas la tormenta potente
y coronó con luz informativa la contextura fértil del machete.
Atonal, el antiguo, con su alimento metálico,
cantó maizales de esperanza altiva
fundando el ansia de levantar la frente desde la derrota.

Detrás de ti, combate en combate,
arquitecto del pan, padre del surco,
llevando tu alto pecho por escudo
nació la lucha, estatua de los vientos.
Hubo un grito desnudo, un clamor sudoroso
de mineral vergüenza despertada;
una voz alta y múltiple
de sangre roja y pura que eliminó las lágrimas;
una palabra errante
que definió la condición enorme de los días futuros.

Pero un sapo violento,
un cuervo artero
y un león enano,
después de poseerse mutuamente,
parieron sin esfuerzo, azul y agrio al odio;
una risa feudal enmarañada puso firma al puñal.
Decretó muerte,
saña verbal, insulto obligatorio.
Te introdujo en un saco. Te tiró al mar
cerca de la resaca más espesa.
Vistió a cien tiburones con togas elegantes
de la Academia de la Historia.
Envenenó las aguas,
escupió, pateó, mordió.
Volvió tranquila a su garganta sorda, con tu recuerdo roto.
Había muerto un indio.
Anti-cristiano, anti-cultural...
Ya podían de nuevo, civilizadamente,
construir cadalsos, restallar látigos, condecorar verdugos.

Había que reírse, no era para menos.

autógrafo

Roque Dalton


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Incluido en La ventana en el rostro. Primera edición: Consejo Nacional para la Cultura y el Arte FONCULTURA, San Salvador, 1996. Biblioteca Básica de Literatura Salvadoreña-Volumen 10.