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El poema respira por sus manos,
que no toman las cosas: las respiran
como pulmones de palabras,
como carne verbal ronca de mundo.
 Debajo de esas manos
todo adquiere la forma
de un nudoso dios vivo,
de un encuentro de dioses ya maduros.
 Las manos del poema
reconquistan la antigua reciedumbre
de tocar a las cosas con las cosas.

autógrafo

Roberto Juarroz


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