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            EDDA

              III

          REFLEXIÓN

¡Ventura sin virtud! ¡yo la detesto,
Yo no la necesito! esta que ves
Desdichada mujer, es el mismo ángel
Que de rodillas adoraste ayer.

¡Aquí está mi corona! esta corona
No caerá de mi sien, no la verás
Rodando por el polvo, entre mi tumba
Bañada con mis lágrimas caerá.

El libro de la dicha está cerrado
Para ti, para mí. No lo abras, no.
Con una mano adúltera; respeta
Nuestra bendita página de amor.

De ese amor en el cándido delirio,
Grande, fuerte, infalible te aclamé,
Destroné a Dios, te coloqué en su trono
Y te adoré, te idolatré por Él.

Mas, ¡ay! que al primer viento alzado el velo
El ídolo mortal bamboleó:
Débil te vi: no dejes que te toque;
Te amo, y no quiero despreciarte yo.

Ni que tú me desprecies... Gloria, orgullo,
Fuimos, yo para ti, tú para mí,
Y hoy no he de ser vergüenza de tu frente
Al optar entre el ángel y el reptil.

¿Ángel...? ¡No! soy mujer. Dios al crearme
No escatimó la plenitud del don:
Mujer me siento, de mi estirpe digna;
Universo sensible y pensador.

Bajo el místico cielo de mi alma,
Cristal reflejador de Jehová,
Las flores de la vida oscila el viento
Y ardo con las entrañas del volcán.

Mas los sentidos, ni natura entera
Tiene con qué saciar mi eterna sed,
Que mi ambición, mi palma y mi detecho,
Fue la felicidad, no el vil placer.

El hombre, y no su estatua; Dios, Dios niño
En el santo misterio del hogar;
La eternidad en paz y en esperanza,
Y no el momento efímero y brutal.

Que no es mi dios el cuerpo, ni del fango
Soy la sacerdotisa. Como el sol,
Reino en la altura, y nuestra luz no es fuego
Si no quiere quemarse el corazón.

¿Qué es, frente a mis deseos infinitos,
Lo que en tu despechada insensatez
Me ofreces tú? Tu escarnio y mi desprecio,
Y el desprecio, ¡gran Dios, de otra mujer!

¡Infortunio sagrado, excelso agente,
De almas selectas místico crisol!
¿Dejas que el hombre te envilezca, en tanto
Que yo me sobrepongo a tu rigor?

Tú, amado mío; tú, que el precio sabes
Del corazón que ayer te hizo feliz,
¿Querrás alimentarlo de hurtos viles
Como el sucio mendigo del festín?

Oye: cuando Eva me llamaste un día
Pronunciaste mi nombre. Sin cesar
La serpiente inmortal me habla, y la escucho,
Y es mi espíritu eterna tempestad.

Mas, si desoigo a Dios, el mismo orgullo
Que a Eva perdió, será mi salvación;
Que entre tú y yo, tú mismo alzaste ese otro
Inocente demonio de los dos...

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autógrafo

Rafael Pombo


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Poesía Amorosa