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        VAGUEDAD

        (Fragmentos).

¿Qué sientes, dime, corazón proscrito?
¿Qué te falta, alma mía desolada?
¿Quién descifra este caos o esta nada
Que abisma o que consume mi interior?

No sé qué sea; en vano con la mente
Consulta el corazón: callado en tanto,
Como burlando de mi propio espanto
Me aniquila un principio roedor.

Es una tempestad, sorda, tardía;
Es una fuerza negativa, inerte;
Es en la vida un juego de la muerte.
Opio que hace dormir para matar.

¡Oh desesperación! —En mi soberbia
Todo mi ser colérico sacudo;
Y en vano fue, como turbar no pudo
Raudo aquilón el fondo de la mar.

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Heme aquí pues, perdido en tu presencia,
Noche de soledad y poesía;
Háblame, y vierte en la memoria mía
Tu fuente de recuerdos y de paz.

Que yo, suelto eslabón, rama quemada
Del gran tronco social, nube perdida;
Yo, de luto en la fiesta de la vida,
Debo ante ti llorar mi soledad.

Zumba gélido el viento, y no refresca
Mi cerebro que en fiebre se devora:
¡Oh si pudiera su ala voladora
Arrancarme a mi lánguida inacción!

iSobre este muro que me cerca siempre
Lanzarme cual las hojas que arrebata!
¡La copa revolver mezquina, ingrata.
Que hastiado apuro sin descanso yo!

Voy entre dos vacíos: mi pasado.
Mi hoy, nada son; mi porvenir me espanta:
¡Tanta ambición en impotencia tanta!
¡Ave sin alas! ¡serafín en cruz!

Como el padre que vio desde una cárcel
Ahogarse la hija entre la mar traidora,
¡Voy viendo consumir hora por hora
Mi desabrida y triste juventud!

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Mas ¿quién pudo decir: yo con mi planta
Toco por fin de la ilusión la meta;
Vi en sueños los delirios del poeta
Y he despertado rey de mi soñar?

¿Qué próspero mortal de alas de rayo
La ansiada cumbre coronó triunfante?
¿Quién, satisfecho al menos un instante,
«No quiero más» aventuró exclamar?

La ley de no saciarse, esa es la vida;
Alzar otra Babel, otros pigmeos;
Pirámide infinita de deseos;
Luz que huye siempre lo que avanza el pie.

Fue don fatal lo que ambición llamamos
Y que hace de los crímenes proezas;
Monstruo elástico, audaz, de cien cabezas;
Enigma de virtud, de gloria y fe.

¡Dichoso aquel que en la embriaguez indigna
O entre la indigna estupidez del sueño,
De nada esclavo, cual de nada dueño.
Olvidar logra que viviendo está!...

¡Tremenda ley que mientra el hombre es hombre
Sed le consume o le envenena hastío!
¡Siempre el fue, nada; siempre hoy, vacío;
Siempre tinieblas lo que en pos vendrá!

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Si cuando Adán mi germen encerraba
Rey una vez en el Edén me hicieron,
¿Do la corona que a mi frente dieron?
¿O heredé yo su maldición no más?

Si por la culpa, de la ciencia madre,
Soy, al par que Luzbel, ángel caído
¿Do los recuerdos de mi Edén perdido?
¿O dónde mi poder de Satanás?

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¡Qué turbio a veces en el hombre luce
El fanal de su origen soberano!
El deber se convierte en un tirano,
Y es la ciencia una venda, no una luz.

En su despecho el ánima lanzada
De la duda en el negro laberinto,
Pierde hasta el don de su inmortal instinto
Y sus afectos sírvenle de cruz...

Y no hay más dicha aquí, sobre la tierra,
Que la fe que el espíritu atesora;
Yo veo que enjuga el llanto del que llora
Y, cual si fuera un bien, bendice el mal.

Mas ¿donde está la fe? —Por ella humilde
A la misma razón renunciaría...
¡Y adurmiera en su seno el alma mía
Que a oscuras vela en aflicción mortal!

¡Enemiga Memoria! ¡obra maestra
Que dejan nuestras lágrimas escrita!
Cada pesar que el corazón agita
Una página más escribe allí;

Y vamos repasando a cada página
Todo el libro fatal, pena por pena;
¡No falta un eslabón a la cadena
Y otro antes viene a eslabonarse así!

Ni los recuerdos del placer divierten,
Ni los recuerdos del dolor consuelan:
Estos, su suerte al infeliz revelan;
Y aquéllos, su pueril credulidad.

Irrita al mal presente el bien pasado,
Despecha el mal pasado al mal presente,
Y no hay placer que al fondo no alimente
La más amarga hiel—la saciedad.

Sí: fue muy grato en inexperto día,
Cuando había fe para esperar bonanza.
Engañando el dolor con la esperanza,
Tras ese infierno un cielo levantar;

Y en la última ilusión de una alma virgen
Hacerlo nuestro en la esperanza al menos,
Presentir sus crepúsculos serenos
Y allí la vida, el porvenir cifrar.

Resignados seguimos; pero nunca
Nos dijo ya la mentirosa estrella,
Y al cabo, andando sin cesar tras ella,
Fatigado el espíritu cayó;

Y como el sol que al asomar debía
De toda estrella oscurecer la lumbre,
Vino con la razón la incertidumbre,
Y la noche del alma comenzó.

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Es la benigna fe límpido estanque
De las aguas purísimas del cielo,
Donde abreva el espíritu en su duelo
Y calma de sus llagas el ardor.

Pero ¡infeliz del que curioso toca
El dique endeble que formó el estanque!
Pues la primera piedra que se arranque
Lleva en pos todo el celestial licor.

Y entonces llega ese tremendo ¡siempre!
De irrevocable, inmensa desventura,
En que una sed eterna nos tortura
Y cielo y tierra fuego sólo dan.

Ese siempre fatal en que la vida,
Como la hiedra, a nuestro mal se adhiere,
Y todo rayo de esperanza muere
Y hasta las dulces lágrimas se van.

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Pero ¡silencio! no imagine el mundo
Que nuestro labio emponzoñado miente:
Miente dolor el que dolor no siente,
Y él tenga voz nosotros corazón.

Aliviemos al hombre: el infortunio
Es el gran sacerdocio del consuelo;
Y en medio al coro universal de duelo
Es muy dulce una voz de compasión.

Bogotá, junio: 1852.

autógrafo

Rafael Pombo


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