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            YO Y TU PIANO

A Gottschalk.

De los dolores del hombre ¿qué sabe la lengua humana?
Las pobres auras ¿qué saben de lo profundo del mar?
Hay abismos tormentosos que nuestra voz no profana,
Y el alma que sufre a solas, a solas sabe llorar.

Hay en ciertas amarguras cierto egoísmo sublime,
En saborearlas solo, es celoso el corazón;
Teme que otros le hagan leve la amada cruz que le oprime
Y mima cual a una virgen su doliente abnegación.

Tal vez nos punza un recuerdo y lo traiciona un suspiro,
Una imagen y una lágrima brotan gemelas tal vez;
Mas no traslucen los hombres la mano que asesta el tiro,
Y queda el enigma, y pasan las lágrimas en la tez.

Mas tú, esfinge del piano, tú sí tienes quien te embeba
En angustias que otros lloran sin poderlas entender;
Cuando tocas, esa angustia en ella misma se ceba,
Y angustiados al oírte no te podemos leer.

Y es porque hay en tu profunda, desgarradora armonía
Un misterio de silencio que la viene a consagrar:
Nada es más bello en mi Patria que el cielo de un claro día,
Pero tienen, ¡ay! sus noches algo que me hacen llorar.

Lloro también escuchándote, y todos lloran conmigo,
Pero tú, de nuestras lágrimas tomas nueva inspiración,
Y al piano vuelves con ella, porque el piano es tu amigo,
A derramar en su seno más repleto el corazón.

¡Oh! yo también soy tu amigo, mi alma es también un piano
Que haces vibrar hondamente de tu capricho a merced:
Cuando te escucho, te nombran mis emociones tu hermano,
Y nunca de ser poeta sentí más ardiente sed.

Óyeme: vive en mis ojos la niebla de la tristeza,
Y en vez de flores de vida, flores de muerte ceñí;
Muy temprano del silencio para mí la noche empieza,
Y en estas noches no hay albas que vuelvan lo que perdí.

Quiéreme, cual quiere el hombre el eco que en el desierto
Como el alma de un amigo devuelve su triste voz:
Si acento y hombre han pasado, también el eco habrá muerto,
Tú has de pasar, y contigo llevarás mi último adiós.

¡Oh! si el adiós que te doy fuese mi adiós a la vida,
Yo dichoso lo exhalara de tus acordes al son,
Hay en ellos algo extremo, algo que a morir convida;
Quisiera el alma, al oírte, ser tu postrer vibración.

Nueva York, agosto 10: 1855.

autógrafo

Rafael Pombo


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