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              ANGELINA

All other love is love of self!

F. J. AMI

                        I

Ya el sol de los quince años sonreía
En el rubor de niño de su frente,
Y con el alma en gracia todavía
Sus formas sospechaban el placer.

Era ídolo de todos, y Dios mismo,
Padre celoso, embelesado al verla,
Suya, y no de los hombres, quiso hacerla
Cuando espigaba entre ángel y mujer.

Y así se la llevó. Seis lunas vimos
Desde aquel día de plegaria y llanto,
Y entre los suyos, que la aníaban tanto,
No es dado aún su nombre pronunciar;

Mas vive escrito en los hinchados ojos
De la madre infeliz, y el padre anciano
Suele cubrirse con crispada mano
El rostro y se le escucha sollozar.

Último de la prole, un hermanito
Tuvo Angelina, endeble crïatura,
Lleno de mansedumbre y de ternura
Pero que hallaba en todos esquivez.

Érale predilecto: sus halagos
Pagaban de los otros el despego;
Amable camarada de su juego,
Su aya oficiosa y medianero juez.

Hoy es el triste la doliente sombra
De la llorada angelical doncella,
Y en homenaje a la memoria de ella
El favorito del hogar es él.

«¿Recuerdas, madre, cuánto me quería?»
A la infeliz alguna vez pregunta,
Y ella gimiendo al corazón le junta
Y dícele «hijo mío, eres crüel».

¿De qué murió Angelina? ¡Dios lo sabe!
Al punto que marcó la providencia
Del firmamento azul de su existencia,
Blanca paloma, entre la mar cayó.

«La edad, la fiebre de la edad», decía
El médico del pueblo; mas el pueblo,
Sabio a su modo, susurrar solía:
«lEra tan linda. Dios la enamoró!»

Y era por cierto linda, como todas
Las que en flor desparecen. De esas flores
Siempre el Señor escoge las mejores
Para hermosear con ellas su jardín.

Lástima fue, mas cuántas no querrían,
Mártires hoy de cóleras y engaños,
Tal muerte, en esa perla de los años,
Bella y mimada, cándida y feliz.

Isla bendita que flotando hermosa
Del horizonte mágico en la orilla,
Cual una no explorada maravilla
El ojo de los hombres codició.

Y nunca la alcanzaron; y entretanto,
Yendo y viniendo en misteriosas nubes
Posaban en sus huertos los querubes...
Y una mañana nadie más la vio.

Tal esa virgen. No era nada mío,
Ni es historia de amor su breve historia,
Y sin embargo encuentro en su memoria
Cierto benigno, cariñoso imán.

Es una de esas ráfagas de canto
Que nada son, ni dicen, ni recuerdan,
Pero con lastimero y tierno encanto,
Yendo y volviendo en la memoria están.

Una tarde de otoño, cuando el cielo,
Soberano poeta de la tierra,
Del mustio bosque armonizaba el duelo
Con dulce y melancólico esplendor.

Dando la mano al tímido hermanito
A lento andar se encaminó Angelina
A la apacible cumbre que domina
El blanco nido del paterno amor.

Ya el toque de oración a Dios llevaba
El piadoso murmullo de la aldea,
Y ellos tardaban, y una triste idea
Lanzó a la madre en repentino afán.

Corre a buscarlos; sus inquietos ojos
Con ansia exploran la creciente sombra;
Llámalos, oye que una voz la nombra;
iSon ellos, es feliz, con ella están!

Mas iay! fue pasajera su alegría;
El ojo maternal, que no se engaña,
Vio en Angelina una expresión extraña
De ternura solemne y de dolor.

«¿Qué tienes? di, ¿qué tienes, vida mía?»
«Nada, mamá», repuso, pero en tanto
Atropelló sus párpados el llanto
Y sus mejillas coloró el rubor.

«Sí, —dijo el companero—, está muy triste,
Tan triste que ha llorado hora tras hora...
Dile que no la quieres cuando llora,
Dile que te hace daño verla así.

»Hoy no ha querido ni jugar conmigo,
Y al ver que su tristeza me afligía,
Me estrechaba en los brazos y decía:
Si yo me muero, ¿qué será de ti?»

¡Ay! desde aquella misteriosa tarde,
Hermosa precursora de desgracia,
La flor nunca tocada, inerte, lacia,
Sobre su virgen tallo se dobló;

Y en vano al uno, al otro, a cuantos mira
La desalada madre insta y requiere:
«¡Sálvenme a mi hija, mi hija se me muere!»
Llanto le dieron, pero vida, no.

Por la madre fui a verla; y así, ardiendo
De intensa fiebre a la secante llama,
Como azucena lánguida que inflama
Del arrebol la hoguera carmesí,

Me pareció tan bella, que mis ojos
De llorar se olvidaron, y un secreto
Santificante impulso de respeto
Que me mandaba arrodillar sentí.

La virgen deliraba... algo quería
De sí apartar con indignada mano...
De pronto abrió los ojos, y al hermano
Con expresión atónita buscó;

Tembló la pobre madre cual temiendo
Dejarla ver su afán, cambiose aprisa,
Y fijó en Angelina una sonrisa,
Sonrisa tal que a mí me destrozó.

Tres días después ya nadie sonreía,
Ni se hablaba en la casa; ayes, lamentos,
Gritos eran sus únicos acentos,
Adioses que no escuchan otro adiós.

Hoy sí, madre infeliz, dejó tus brazos
Para no volver más, esa hechicera
Niña que desde el mundo un ángel era
Y pudo en cuerpo y alma ir hasta Dios.

Fueron, para llorarla en aquel día,
Suyas todas las madres; sus hermanas,
Todas ¡as inocentes aldeanas;
Su casa, el pueblo, en duelo todo él.

Y pues aquella flor se les moría,
Flor la más cara y primorosa y buena,
No hubo jazmín ni cándida azucena
Que no cayese a acompañarla fiel.

Ya la amaban los hombres; mas ninguno
Llegó a explicarle su amoroso anhelo,
Cual si un cristal guardara para el cielo
Su prístina fragancia virginal.

Aun hubo quien luchó por suicidarse
A la nueva fatal; en gran quebranto
Otro vino a pedirme un flébil canto
Que interpretara su aflicción mortal.

Seis meses van, y timbra todavía
De boca en boca el favorito nombre;
Sueña con sus encantos más de un hombre,
Y hay frescas flores de su cruz al pie.

En cada faz de aurora el padre encuentra
Algo de su Angelina, y cuando pasa
Madre feliz por la doliente casa,
Rompe en llanto otra madre que la ve.

Empero, aquel su exasperado amante
No rindió a tal azar la vida ingrata:
No ha mucho que en alegre serenata
Su patética voz reconocí.

Casose el otro, te olvidaron ambos,
Cúmplase un año, y nunca en mis oídos
Vibrarás, como un día, entre gemidos,
Nombre que entre gemidos aprendí.

Cúmplase un año; alguno dirá entonces:
«¡Cómo estuviera hermosa si viviese!»
Y habrá un padre quiza que se embelese
Dando tu nombre a un nuevo serafín.

Mas ya que te perdimos, no aquí vuelvas
A consolar pesares que no lloran;
Nuevas palomas cantan en las selvas;
Con nuevas flores se alegró el jardín.

Ven a ver a tu madre, a ella tan sólo,
Que sólo ella ama siempre y nunca olvida;
Su corazón te dio su propia vida,
Y en él, mientras palpite, vivirás.

Breve placer le diste, por quince años
De afán y de dolor que le costaste;
Nada te pidió nunca; la dejaste,
Y hoy no quiere otro alivio que llorar.

Tú fuiste la parásita indolente
Que chupaste su savia, por ti en luto
Se abatió melancólica su frente,
Y arado el rostro y pálida se ve.

Dios te la dio, y él sólo dar podría
Ese de amor inmensurable abismo;
Mas ella, liberal como Dios mismo,
Al mismo Dios te ha dado con la fe.

Eso es amor, sólo eso no es mentira,
¡Ah! no habléis más, desmemoriados hombres,
De amor y de dolor, vulgares nombres
De santas cosas que ignoráis aquí.

Yo soy de los sensibles, yo conozco
El camino del llanto, y sin dobleces
Entrego el corazón; y cuántas veces
Me indigné, sin embargo, contra mí.

                        II

¡Amor! Casual apego que naciendo
De una lisonja, una verdad lo mata;
Flor de amor propio, débil cuanto ingrata,
Y que el mismo amor propio devoró.

Sueño de un día, fiebre de una hora,
Quimera de una vida, mil tormentos
Sin sentido común, mil juramentos,
Un adiós... una lágrima... y pasó.

Y tú, ¡Dolor! ¿dó estás? o dime al menos
Si en el alma inmortal morada hubiste,
«¿Existió alguna vez lo que hoy no existe?»
Mi lloro, mi despecho, ¿en dónde están?

¡Amor y Dolor! parodia irreverente
Que hace un bufón del ángel pulcro y santo;
Brisas que vienen húmedas de llanto,
Cargadas de palabras, y se van.

El sabio nos lo ha dicho: «por sus frutos
Conoceréis el árbol», no dimana
Tan pasajera cosa y tan liviana
De sempiterno y limpio manantial.

Juego de los sentidos que el espíritu
Alucinó vistoso; desconcierto
De un temporal que deja en un desierto
Algún descantillado pedestal.

Pasa, y miramos en redor, y acaso
Quedamos taciturnos; un vacío
Descubre el corazón, queda el hastío,
El dolor de no amar ni padecer.

Que no es imaginario, pero aun ese
Tregua nos da, que el hombre es siempre niño,
Y basta un dulce, un títere, un cariño
Para olvidarlo todo, aun el deber.

No más, con tanto siempre y tanto nunca
(Aventurera y pérfida jactancia)
Retéis al tiempo, a la fatal distancia,
Al ciego azar, al débil corazón.

No habléis de eternidad donde tan sólo
La vanidad y la inconstancia nuestra
Eternas son; aquí, donde siniestra,
Sinónimo de dicha, es la ilusión.

Así tal vez el Hacedor Supremo
Dispuso hombres y cosas, para hurtarse
Las unas a las otras y borrarse
Como entre sí las olas de la mar;

A fin que ante el espíritu atediado,
Bogando en ondas de mudanza y dolo,
Quede Él, sólo Él, el firme, el sólo
Digno de fe, de adoración y altar.

Con impúdica priesa los afectos,
Cual la viciosa yerba en el camino,
Cunden y se suceden; y el que hoy vino
Vive de los despojos del de ayer.

Vive de su vergüenza. ¿Dónde el noble
Ser que de puro, de inmortal se engríe?
Bestia fatua y voraz que llora y ríe
Y anda mudando nombres al placer.

El ruin placer es el objeto: él solo
Sustancia y fin de la amorosa farsa;
Para sujeto, en la social comparsa
Lo que esté más a mano servirá.

Este es un medio, un accidente; espejo
Que aquí o allí compró nuestro egoísmo
Para admirarse él mismo, y allí mismo
Recoger el incienso que se da.

Así la hermosa el néctar saborea
De su propia belleza en nuestros labios,
Y castiga en nosotros los agravios
Que la infiere su propia presunción.

Felino ser, que se acaricia él mismo.
Cuando parece acariciarnos grata;
Siempre con el más digno es más ingrata,
Y es mayor lauro la mayor traición.

Nuestra es la culpa a veces, que en la mente
Una lámpara mágica llevamos.
Sobre cualquier mujer la reflejamos,
Y decimos absortos: ¡ésta es!

Cual los colores en la luz, ese ángel
Existe en su creyente está en los ojos,
Y adoramos quizá, puestos de hinojos,
A quien hollar debieran nuestros pies.

Mientras más grande nuestra mente sea,
Y agraciada en seráfica hermosura,
Más grande es la ficticia criatura
Que a imagen nuestra hicimos, como Dios.

Y así mayor el desengaño, al punto
Que apartada la luz voló el encanto...
Allá sigue la risa en pos del llanto,
Y aquí el desprecio, del engaño en pos.

Culpa del hombre, sí, que nuestra lengua
Con candorosa o pérfida lisonja
El vano globo más y más esponja
Hasta que arranca espléndido y se va.

Mas ella no es el águila creada
Para encumbrarse audaz, sola y serena;
Y el inflador, la merecida pena
En su orgullo y su nombre llevará.

La mujer misma enséñanos cuan nulo
Precia su ser moral; qué pobre palma
Será para sus mártires su alma;
Qué poco amor merece aquel amor.

No sin conciencia pervirtió el lenguaje
Al nombrar su afición coquetería,
Inocente y cortés libertinaje;
Virtud... del cuerpo; evaporada flor.

Si al uno, al otro, en su mirada ardiente,
Vertiginosa, el corazón le envía,
Si con sonrisa audaz le desafía
Y alma le entrega, y vida, y voluntad.

No os inquietéis, afortunado cónyuge,
De la sencilla oveja recatada;
Eso no es la mujer, no ha dado nada.
Cumplió un precepto de alta urbanidad.

Su gloria, el mayor número de necios
Que la rindan su fe, desgracia extrema
Vestirse mal, felicidad suprema,
La humillación de otra mujer tal vez.

Soltera o no, la dicha y paz de un hombre
A una sonrisa de otro, alegre inmola,
Y viuda, es feliz cuando acrisola
El fúnebre crespón su blanca tez.

Bien pagadas están, que a veces damos
También como ellas mismas su comedia,
Y en el cerco galán que las asedia,
Fatuos como ellas hallarán también.

Ni faltará, cuando una mártir pierda
Amor, vida y honor, quien la amortaje
Con un Canto a Teresa, en homenaje
De gratitud apasionada y fiel.

Muchos son los malvados, que hay malvados
También de ojos de cielo y tez de rosa;
Y no sólo con daga y faz rabiosa
Se asecha y asesina un corazón.

¡Quién no ha dejado tras de sí pendiente
Cuenta fatal que adentro le reclame!
¡Cuántos no tiemblan a una voz de «Infame...
Devuélveme la paz!»... ¡He aquí el talión!

Y erramos casi todos; que algún día
Hubimos cerca, amante» y pronto, y nuestro,
El corazón que al hombre el cielo envía,
El único, el gemelo, el caro yo.

Hablonos dulcemente, y rechazamos
Su voz, tal vez con malicioso alarde,
Hasta que al fin nos dijo é| mismo: Es tarde,
Y le gritamos: ¡Vuelve!... y no volvió.

¡Ay de los que murieron si sus ojos
Al través de la lápida nos miran!
¡Qué infierno, oh Dios, si aquí las almas giran.
Viendo, y sin brazos, y sin lengua ya!

¡Y ay del que se ausentó, si Dios marcole
Fénix de los creyentes y leales!
El oirá sus alegres funerales,
Y muerto entre los vivos se verá.

Cuando hay constancia, esa constancia misma
Dice debilidad; es la conciencia
De lo imposible, acaso indiferencia.
Celos, costumbre, honor, curiosidad.

Todo, menos amor. Dios lanzó al mundo
Ese rótulo de algo, etéreo y santo;
Dionos la sed de hallarlo, y entretanto,
Integra guardó en sí la realidad.

Hay lucha eterna entre el excelso instinto
De bondad suma, de inmortal belleza,
Y esta perdida y vil naturaleza
Que todo lo degrada criminal.

Miro al pasado, y tiemblo, me horroriza
La cruel facilidad con que olvidamos;
Y si a uno mismo a despreciar llegamos
¿Qué no despreciaremos terrenal?

¡Ah! más que al mismo Dios, y al sol, y al aire,
Rico en mi fuego y mi candor temprano,
Un corazón busqué, lo busqué en vano
Mi propio corazón me traicionó.

Mas recordé a mi madre, y de rodillas
Dije: lo hallé, lo tengo, en ese he visto
El amor y el dolor, allí está Cristo,
Allí está el fuego santo, allí está Dios.

Venturosa Angelina, quiso un día
Dios prestarte a una madre, y descendiste;
Y ella te devolvió tal cual viniste:
Perfecta y pura como el ángel es.

Tú no tocaste el mundo, que de un cielo
A otro cielo pasaste; y ese llanto,
Llanto de madre, incomparable y santo,
Es el único rastro de tus pies.

Washingrton: 1859.

autógrafo

Rafael Pombo


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