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        A JOSÉ EUSEBIO CARO
        CONTEMPLANDO SU RETRATO

Allí está Caro con su firme ceño,
De un gran carácter al dolor templado,
Que fuera del deber no admitió dueño
Y el crisol lo halló siempre inmaculado.

Dios no dejó que la vulgar natura
Lo hiciese bello, quiso hacerlo Él mismo
Y al alumbrar el alma su escultura
Fue amado como un dios, con fanatismo.

Su alta cabeza, olimpo tempestuoso,
Pesa en el que la ve: reconcentrada
Toda la faz, parece en su reposo
Del espejo de Arquímedes armada.

Su boca es elocuente; de allí truena
La convicción. Sobre su frente late
Su fiera dignidad, y en su serena
Curva elegante y luminosa, el vate.

Tras de ese ojo hay un águila que busca
Al Dios que la conciencia le revela;
Desprecia el polvo, el éter no la ofusca,
E independiente y solitaria vuela.

Todo en Caro era propio, todo suyo;
Él, como el sol, se iluminaba él mismo.
Era virtud en él su noble orgullo;
Su órbita excepcional, su excentricismo.

Poeta fue, y altísimo poeta,
No por poeta empero, mas por grande;
Y él la poesía interpretó completa:
Soplo creador que el universo expande1.

Newton, David, Beethoven, Buonarrota,
Culto en su altar a un tiempo recibieran;
Para él, trueno, cincel, número y nota
Oráculos de Dios a un tiempo eran.

El del Albano desdeñó indolente
Las tintas exquisitas y graciosas;
No era el raudal do muelle y blandamente
Van resbalando lágrimas y rosas.

Suya no era esa insípida armonía
Que la plebe poética corteja,
Ave falaz cual la que un dios mentía
De Mahoma posándose a la oreja.

Al arrullo del céfiro que vuelve
Goza y se inspira el gemidor sinsonte;
Caro, al golpe del trueno que revuelve
Del ancho abismo al contrastado monte.

Sus palabras, del numen al tormento,
Se entrechocan tal vez y se atropellan;
Como al rapto del Niágara violento,
Rocas, troncos y témpanos se estrellan.

En su odio a lo vulgar, tanto lo evita
Que vaga extraño. Siente que no cabe
El drama borrascoso que lo agita
En el metro y decir que el vulgo sabe.

Y busca, cual la Euterpe del germano,
Más vastas y profundas armonías
Que el pensar emancipen soberano
De monótonas, nimias simetrías.

Y así entrevé los tiempos aún distantes
De la epopeya hispanocolombiana,
Cuando la augusta lengua de Cervantes,
Bello, Herrera, Espronceda, Oyón, Quintana,

Uniendo a sus dulcísimas cadencias
Los grandes ritmos de la antigua trompa;
Plástica fiel del alma, rica en ciencias,
Natura escrita, en variedad y pompa;

Digna de un nuevo mundo, cante al hombre,
Cante la nueva vida, el mundo nuevo,
La ley de Cristo en práctica y en nombre
Sobre otro edén, feliz como el primevo...

Un universo entero el genio lleva
Reconcentrado en su cerebro ardiente:
No ante Colón América fue nueva,
Que iba ya gravitando entre su frente.

Así arrullaba a Caro el oceano
Desde el centro de un mundo, y yo lo he oído
Respondiendo a su acento soberano
Cual la leona a su león perdido.

El tiempo a su mirar se recogía
Como asido en las garras del profeta;
La selva entera en solo un árbol vía,
Y en un mortal la humanidad completa.

Canta el amor, y hasta el umbral del cielo
Con Delina en los brazos se adelanta,
Y aplaudieron los ángeles el vuelo
De pasión inmortal con que la canta.

Estar contigo y no contar las horas,
Pídela, y describió lo indescriptible.
¿Por qué cual lloro yo también no lloras?
Y ella con llanto respondió sensible.

Y fue la esposa del cantor; la estrella
Que él consagró al amor del universo;
La inmortal, siempre joven, siempre bella.
Que alumbra y embalsama cada verso.

Cantó la libertad, y Jesús mismo
Pudiera contestarle: «Esa es la mía»;
No ese envidioso, inmundo despotismo
Que hizo aquel nombre bárbara ironía.

Su patria, la de Caldas, la de Pola,
Era su gran Delina idolatrada;
Por ella te dejó doliente y sola,
¡Oh, imagen de su patria infortunada...!

A Caro, como a tantos pensadores,
Al verlo aislado y mísero en la tierra,
Llegó Satán con ósculos traidores
A convidarlo a su insensata guerra.

Mas en el lecho, en medio a su martirio,
Abrumado de espíritu, cayendo,
Bajó una sombra a hablarle en su delirio,
Con lenguaje a la vez dulce y tremendo:

¡La de su Padre! Místico entusiasmo
Lo unge al volver del sueño que lo oprime,
Y ve más noble el himno que el sarcasmo,
Y al mártir, más que al Satanás, sublime.

Halla en su mano el arpa, y lanza un grito
Con que a la muerte efímera destrona:
¡Morir no es perecer!  lema bendito,
Que triunfador inscribe en su corona.

Fe, patria, hogar, virtud, amor eterno,
Son los únicos númenes que canta:
Bien pudo entrar al coro sempiterno
Con esa lira, ardiente, pero santa.

Y si el hombre lámpara oprimida
Y ha de dar toda su luz la muerte,
¿Cuál será la del genio que en la vida
Lumbre de serafín ya en torno vierte?

Poco cantó: breve equipaje lleva,
Cual Rioja y Bello, en su inmortal camino;
No hay nota impura; cada aliento es prueba
De su temple viril y alto destino.

El, como Esquilo, tierno a par que austero,
Verdad y numen desposó en su lira.
Serio, elevado, independiente, fiero,
No supo hacer reír, ni hablar mentira.

Por ser gran corazón, es gran poeta,
Que hace creer, sentir cuanto nos dice;
Su lector está en él, él lo interpreta:
¿Quién habrá que con él no simpatice?

Su estudio, el corazón, única fuente
Del verbo que arde, y late, y saca llanto;
Que acera el verso, dardo de la frente,
Y da la eterna resonancia al canto.

Su estilo, la verdad. Si un alma hermosa
Vibra, y se escucha, y repetirse sabe,
No necesita más: en verso o prosa
Tiene el garande arte, la infalible llave.

Así la idea cae cristalizada
En estrofa armoniosa: clara y pura
Agua del cielo, en verso imaginada,
Y escrita como el alma la murmura2.

La fuerza, la verdad, el mismo Caro
Es la magia de Caro y su belleza;
No el ritmo, el tinte, el artificio raro,
Hueca abundancia o cómica agudeza.

No es su canto «alharacas de un idiota»,
Aire sonoro, palabrera nada,
Que a la crítica misma escapa ignota
Por no haber qué detenga su mirada.

El siempre piensa y dice: tosco o bello
Cada verso de Caro es una idea:
No cree deba cantarse sólo aquello
Que no merece que se diga o lea.

Más bien rebosa atropellado acaso
Al raudo hervir de sangre y pensamiento;
Circunda la figura un aire escaso,
Y lo suple el lector tomando aliento.

Do otro pinta, él transporta lo que siente
De su seno al papel; escoger nombre
No lo detiene, pone a nuestro frente,
No al hacedor de versos sino al hombre.

Abre al celeste Homero, y apartándolo
Al rapto de dolor que lo enajena,
Nos conmueve por Héctor, señalándolo
Solo, olvidado en la sangrienta arena.

                * * *

Contempla el mar, mas no lo ve, lo tiene.
Y es más grande el cantor que el océano
Cuando lo abarca, lo alza, lo sostiene,
Y como gota de agua que va y viene
Lo hace rodar por la creadora mano.

Con solemne, profético, alto acento,
Él citó al mar para su muerte un día;
Y el mar obedeció su emplazamiento,
Y hoy gime al pie del triste monumento
Fiel a la malhadada profecía.

Así, cabe la fosa del soldado,
Leal terranova a su señor lamenta,
Así muge el abismo atormentado
Bajo el cedro del Líbano, cortado
Por el hacha de Dios en la tormenta.

El mar, digno escabel de donde había
De encumbrarse a su Olimpo el genio raro
Que nunca con el polvo en paz vivía...
El paga: un noble canto le debía
Y hoy es el bardo fúnebre de Caro.

¿Hasta cuándo, oh discordia, nos condena
Dios a deberte lástimas y llanto?
¡Tú lo arrojaste como al Dante, oh hiena,
A devorarse de tartárea pena
Lejos de todo lo que amaba tanto!

¡Patria, sólo una playa en que besarte,
Sólo una tumba demandar le oíste!
Y cual Virgilio, al verte, al abrazarte,
Su tumba halló; feliz por alcanzarte,
¡Patria, el único premio que le diste!

¡Oh, no! también, también tienes tu hora
De dar su galardón al noble, al fuerte.
Caro también te mereció, señora,
Como el sublime amante de Eleonora
Su triunfo... ¡al otro día de su muerte!

    ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Niño te amé. Mi padre que detesta
El rimar fútil, él que se afligía
Notando en mí la inclinación funesta,
Diome El bautismo en dádiva de fiesta,
Diciéndome: «Hijo, lee: eso es poesía».

¡Sí, poesía, germen misterioso
De Homero y Caldas, de Colón y Talma...!
¡Nuestra porción del serafín glorioso...!
¡Lente de lo infinito... de lo hermoso!
¡Voluptad pura... música del alma!

Esa es la tuya, y es solaz tan raro
Ver brillar, como en ti, sublime Caro,
Juntos genio y virtud, que al recordarte
¿Quién no habrá de quererte y de llorarte
Y atesorar tus sílabas avaro?

¡Vate infeliz! mis ojos no han vertido
Lágrima más ardiente, honda, sincera.
Que aquella cuando al fin hube creído
Que no era un sueño ver así extinguido
Tan pronto el sol de tu mortal carrera.

¡Siete lustros! la edad de los precoces
Que el mundo llora, cuando en él callaron
De Evald, Byron, Heredia y Burns3 las voces;
Cuando, nuncios del cielo, iris veloces,
Mozart y Rafael se disiparon.

Diez años... ¡no!... mi porvenir daría
Por un soplo no más de omnipotencia,
Hacer saltar aquella losa impía,
Volverte al cielo de la patria mía
Y hundir allí mi inútil existencia...

Mas tú no lloras. Tromba que sedienta
De verdad y de amor ibas rasando
El negro mar que a todos amedrenta,
Al fin te asiste del, y tu violenta
Ansia de Dios estás en Dios saciando.

1857.

autógrafo

Rafael Pombo


1 Aludo especialmente a su mejor poesía, en mi concepto, aunque escrita en prosa, La necesidad de la expansión.

2 Por ejemplo estas estrofas de diversas poesías de Caro:

Y no teniendo ni un amigo
Con quien me pueda desahogar,
Me voy a mi casa a llorar
Encerrado sólo conmigo.

Si entonces yo, sin más rubor, gritara;
Si reventar dejara el coraron,
De inolvidable asombro os penetrara
Ese grande rugido de león.

Es pues allí y entonce, amada mía,
Cuando conmigo y Dios no más estoy,
Que mi ser brilla en pleno mediodía,
Y que aparezco a mí tal cual yo soy.

¡Oh! cuando junto a ti, mudo y sombrío,
De amor me ves y de dolor llorando,
¿Porqué cual lloro yo también no lloras,
Y no me amas como yo te amo?

Quiero estar una vez contigo,
Contigo cual Dios te formó;
Tratarte cual a un viejo amigo
Que en nuestra infancia nos amó;

Volver a mi vida pasada,
Olvidar todo cuanto sé,
Extasiarme en una nada
Y llorar sin saber porqué.

Ningún rumor, o voz, o movimiento
Turbaba aquella dulce soledad;
Sólo se oía susurrar el viento,
Y oscilar, cual un péndulo, tu aliento,
Con plácida igualdad.

Un mundo entero, un mundo inmenso había.
Tendido en medio del azul del mar;
De polo a polo virgen se extendía
Llamando a aquél que lo debiera hallar.

3 Los primeros poetas líricos de Dinamarca, Inglaterra, Cuba y Escocia.


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